En nueve días de viaje por tierra desde el lago Baikal hasta los montes Urales, incluyendo una cincuentena de horas a bordo del Transiberiano (el legendario tren que enlaza Moscú con la costa del mar del Japón), apenas puede el viajero adivinar la inmensidad de esa remota Siberia que contribuye a hacer de Rusia el país más extenso del mundo.

El avión de Aeroflot que se posa en el desvencijado aeropuerto de Irkutsk, tras haber recorrido el viajero español hacia el Este siete husos horarios, siguiendo desde el aire la ruta de Miguel Strogoff —“el correo del Zar”—, lo hace en una ciudad que a Julio Verne se le aparecía en la distancia como “mitad bizantina, mitad china”, aunque vista de cerca le parecía totalmente europea. Pero el imaginativo novelista francés nunca puso los pies en ella, al contrario del viajero español que esto escribe.

La ciudad está literalmente dominada por una naturaleza poderosa que no se deja domar. Rodeada por los bosques interminables de la taiga, apenas surcados por escasas vías de comunicación y los necesarios tendidos eléctricos, Irkutsk es furiosamente atravesada por el río Angará, afluente del Yenisei, hacia el que corren atropelladamente las aguas procedentes del lago Baikal, un sin par fenómeno de la naturaleza.

Tan extenso como toda Cataluña y con una profundidad que alcanza los 1600 m, este lago contiene la quinta parte de las reservas mundiales de agua dulce. Si dejara de recibir los caudales de los más de 300 ríos que lo alimentan, el Angará tardaría aún cien años en vaciarlo, desaguando al mismo ritmo actual. Su caudal es tan intenso que le hace ser el único río siberiano que no se hiela en invierno. Entre las peculiaridades del lago están las únicas focas de agua dulce que se conocen en el mundo y la calidad de las cervezas elaboradas en la región a causa de la pureza de sus aguas. Apenas un centenar de kilómetros al sur del lago corre la frontera que separa Rusia de Mongolia y de las inmensas vastedades del desierto de Gobi, áspero corazón del Asia oriental.

En el verano de 1661, un funcionario ruso informaba desde Irkutsk a su superior, el gobernador de la región del Yenisei, sobre la nueva cárcel por él edificada: “El lugar donde Dios me ha aconsejado construir la cárcel es el mejor, con campos cultivables, pastos para el ganado y recursos pesqueros, todo muy cercano”. Con ello inauguraba la tradición de prisioneros y deportados que irían repoblando Siberia (y muriendo en ella), que Stalin prolongaría hasta el siglo XX, como narra Kapuscinski en su estremecedor relato de viajes “El Imperio”.

Atravesando la taiga llega el viajero por tren hasta Novosibirsk, sobre el río Obi. El origen de sus habitantes no es solo carcelario, sino que se adscribe ya a la gran innovación que supuso el ferrocarril en el s. XIX, pues fueron los obreros que construían el Transiberiano los que la hicieron nacer. Hoy es la tercera ciudad rusa y posee una arraigada tradición cultural, como muestra su teatro de ópera y ballet, mayor que el Bolshoi moscovita o el Scala milanés, que atrae a un público enamorado del arte musical escénico.

Una obligada visita a la cercana “Ciudad de los Sabios” ayuda a recordar el ingente esfuerzo desarrollado en la Rusia soviética para transformar a un país atrasado y sumido en las brumas de la superstición en la gran potencia científica que compitió en términos de igualdad con los más avanzados países del mundo occidental.

Prosigue la ruta siberiana, penetrando en la estepa que bordea la taiga por el sur, hasta los montes Urales, que constituyen la separación hidrográfica entre Asia y Europa. Allí el viajero hace escala en Ekaterimburgo (la antigua Sverdlovsk) y contempla, atónito, el recuperado culto religioso en memoria de la familia del último zar reinante, allí asesinada en 1917. Templos y monasterios ortodoxos a los que acuden en incesante procesión jóvenes y viejos, persignándose devotamente y ejecutando profundas reverencias ante el atrio de la entrada.

La iglesia ortodoxa rusa ha concedido a Nicolás II, su esposa e hijos la categoría de mártires. La degenerada estirpe de los Romanov se eleva así a los altares, para pasmo de cualquier conocedor de las andanzas de las últimas personas de sangre real que gozaron de los privilegios inherentes a la condición de “Zar de todas las Rusias”. Y para júbilo de la renacida industria de iconos y recuerdos sacros, al mismo tenor que se observa en otros centros religiosos como Roma, Lourdes o Fátima. El negocio de lo sagrado siempre ha sido rentable, y el aura de fotonovela que rodea a la extinción violenta de la antigua familia imperial no podría ser ajena a esto.

Siberia, lejana e inescrutable, encierra riquezas naturales sin cuento, recursos de todo tipo en los que se sustenta en gran parte la actual potencia económica rusa. Un clima a prueba de espíritus esforzados y una naturaleza indómita, son las señas de identidad de estas lejanas tierras cuyos habitantes contribuyen con abnegación al esfuerzo colectivo de la Rusia de hoy y a configurar una gran esperanza de futuro, basada en sus todavía inexplotados recursos.

Alberto Piris. General de Artillería en la Reserva.