El atentado contra las tropas españolas —¿indefensas?— en Líbano fue el primero de una serie —otra de tantas— de actos violentos de agentes del fanatismo islámico contra intereses occidentales. El terrorismo islamista ha entrado en escena y, lo que es peor, lo ha hecho en lugares muy dispares. Londres, Glasgow, Yemen… nadie sabe dónde caerá la siguiente bomba, pero todos sospechamos que habrá muchísimas más.
El pasado viernes, por casualidad, la policía inglesa descubrió dos coches cargados de explosivos y material inflamable destinados a explotar en el centro de Londres. El fantasma del 11-M o del 7-J planeó por todo el mundo. De tal manera, que el atentado frustrado ocupó las primeras planas de todos los periódicos de Occidente y de la mayoría de los españoles. Los dos más vendidos, esos dos que son más sectarios y, asombrosamente, más respetados, marginaron el fracasado atentado porque, según sus respectivas obediencias debidas, prefirieron dedicar sus grandes titulares a la sentencia del Supremo sobre el ‘caso Bono’. Uno de ellos, para más inri, en el tratamiento de la noticia londinense dio más peso al atasco producido que al atentado evitado1.
El peligro del terrorismo islámico es tan cierto que nadie, ni siquiera José Blanco, se atreve a negarlo. Pero en Occidente seguimos adelante con los ojos cerrados, negando la evidencia. Porque estar en Afganistán e Iraq ni lo va a solucionar ni es el único motivo que desencadena tan macabra sucesión de ataques, muertes y miedos. La nueva guerra es silenciosa y traidora y se prevé muy larga, eterna. Pero aquí nadie parece darse cuenta de la gravedad de los hechos.
Porque, a mí por lo menos, me da la impresión de que nadie está afrontando con realismo el problema del enfrentamiento/convivencia entre Occidente y el Islam, cuya manifestación más extrema es el islamismo terrorista, y que incluso se ocultan muchos datos a la sociedad. El juicio del 11-M ha sido un despropósito de datos confusos, opiniones contradictorias y conclusiones imprecisas. Y cada actuación policial, en Londres, Barcelona o Berlín, va acompañada de un misterio digno de la peor de las novelas de Agatha Christie. Al final nunca sabemos quién es el culpable y por qué lo es.
Nadie en Occidente parece saber qué hacer con los fanáticos islamistas que quieren matar y sembrar el caos en las filas del enemigo cristiano. Perdidos, débiles, no sabemos qué hacer. Y como vivimos tiempos sin principios ni valores, para intentar calmar a esos desalmados, cada día somos más permisivos con algunas costumbres islámicas que chocan con los valores occidentales. Pensemos, por ejemplo, en el caso de las caricaturas de Mahoma, en la permisividad que hay con los matrimonios “a oscuras” con los que los padres musulmanes obligan a sus hijas adolescentes a destrozar sus vidas, el olvido inmediato de los asesinatos de Theo van Gogh y Pim Fortuyn, o en el miedo generalizado a ofender cualquier cosa que tenga que ver con la media luna.
Occidente, ante el terrorismo islámico, tan solo ha reaccionado con canguelo, ceguera y permisividad ante lo musulmán, como si estuviésemos obligados a aceptarlos con todas sus consecuencias para no cabrear más a los que siempre vivirán amargados por su ira. Nadie se ha detenido a pensar qué hay que hacer para resolver este conflicto real entre dos civilizaciones que algunos ilusos irresponsables pretenden convertir en una alianza que recuerda al beso de Judas Iscariote.
Occidente, sometido a lo políticamente correcto, esconde la cabeza ante la cuestión islámica por miedo al terrorismo islamista. Este tema, de máxima prioridad, debe dejar de ser tratado de manera marginal, parcial o cobarde para ser analizado con valentía y así dar con una solución global y, si es necesario, tajante. Para empezar, deberíamos volver a convencernos de la bondad de nuestros valores y recuperar el sentido común que tanto tiene que ver con el Derecho Natural. Y, ya que vamos a vivir con miedo en nuestras propias ciudades, deberíamos pensar si es conveniente dejar de viajar a países fundamentalistas como Yemen, que financia el terrorismo, u otros más moderados, como Egipto, a ver si castigándoles el bolsillo se ponen a colaborar más activamente. Porque, desde luego, con buenas palabras, resignación ante el próximo estallido de bomba o viajes a lugares donde no existe libertad de conciencia, no creo que vayamos a conseguir nada.
Sirva ese doble ejemplo para darnos cuenta del país, del entorno, en el que vivimos. Ajenos a un peligro inminente y grave, seguimos con nuestra carrera entre dos bólidos de chatarra, el PP y PSOE, que van arrasando con todo el sistema democrático, con todas las instituciones, incluidas las judiciales y las periodísticas como vigilantes del poder.
dmago2003@yahoo.es

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