EN MEMORIA DE 'LA PRINCESA DEL PUEBLO'
Diez años después de su muerte, Diana de Gales aún no ha sido canonizada. Francamente: no sé a qué espera Su Graciosa Majestad. Por la cuenta que le trae, debería tener un detalle con la finada. Lady Di no fue una santa, pero hizo bastantes méritos (soportar a la familia política, sin ir más lejos) y su recuerdo obra de vez en cuando algún milagrito. He aquí el más celebrado: contribuir a la expansión del rock inglés por el continente.
En este tiempo la princesa de Gales ha cumplido años, pero su imagen se mantiene joven e intacta (a lo mejor también incorrupta). Lady Di (o Barbi Di, si me lo permite Elton John) no ha envejecido porque tuvo la suerte de morir envuelta en caldo de mito, como Marilyn y el Che, o como John Kennedy y Jesucristo. Al igual que a ellos, el negocio le ha acompañado después de la muerte. Con su esfinge se estamparon camisetas y ceniceros, calendarios y tazas de té, postales y camafeos. La tumba donde reposan sus restos es hoy un parque temático y su vida alimenta sin cesar documentales conmemorativos. Todavía hay quien duda de la versión oficial de su muerte -ocurrida en Pont D'Alma, en París-, pero el misterio no sólo es caprichoso sino rentable. Eso lo sabe Al Fayed, inventor de las rebajas de Harrod's y papá de Dodi, el amante de la princesa en el momento del accidente. Él y sus abogados se niegan a admitir lo que seguramente es una verdad incontestable: entre todos la mataron y ella sola se murió.
Del macroconcierto de ayer, organizado por los príncipes Guillermo y Enrique, hijos de la fallecida, también se harán discos que volarán por internet y mostrarán los gustos de la princesa a las nuevas generaciones. Hoy, 10 años después del tortazo que les costó la vida a Diana y a Dodi, el Reino Unido moquea en memoria de una de sus hijas favoritas, cuya figura sigue causando polémica y quebraderos de cabeza. El mayor milagro que cabe atribuirle a la princesa es Kate Middleton, la novia de ida y vuelta de su primogénito, que ha recogido silenciosamente el testigo de la princesa de Gales y también pone a los paparazzi en pie de guerra. Barbie Di es insustituible, pero ya tiene sustituta. Kate Middleton, la que hubiera podido convertirse en su nuera, es el nuevo icono de la juventud inglesa. Ella ha colaborado en la preparación del concierto y se ha rendido también a la fascinación por la difunta.
Guillermo y Enrique han querido homenajear a su madre con música rock, que es lo que mejor la definía en vida. Cuentan (no los hijos, sino los biógrafos) que en los momentos de ocio doméstico, Diana siempre escuchaba rock. Duran Duran era su grupo preferido, aunque jamás lo antepuso a Elton John, su íntimo amigo. Ambos (el grupo Duran Duran y Elton John) estuvieron ayer en el estadio de Wembley cantando para Lady Di, que continúa ociosa, pero al otro lado de la memoria.
El tiempo ha simplificado los recuerdos y amortizado las emociones, pero no ha borrado el perfil de la princesa, que sigue cautivando al mundo, especialmente la parte anglosajona. Diana de Gales era singular y un poco pánfila, carismática y romanticona. Pero sobre todo, joven. Amaba los conciertos de rock y los vestidos caros, era amiga de la madre Teresa de Calcuta, visitaba a los enfermos de sida, luchaba contra las minas antipersona y fue pionera en el padecimiento de la bulimia y la anorexia. La desearon jinetes, playboys, guardaespaldas y cantantes de rock. Llevó a las portadas de los tabloides la historia última de los Windsord y contó la ofensa de Camilla al decir que «tres eran multitud». No contenta con eso, recuperó fuerzas y paseó orgullosamente su relación con Dodi Al Fayed. Ya en el féretro, Diana logró vengarse de la monarquía inglesa, que aquellos días alcanzó las cotas más bajas de popularidad. La tierra se movió bajo los pies de la reina Isabel II cuando rindió honores a la princesa muerta. La pesadilla no había hecho más que empezar.
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados