02/07/2007 - 10:59 h

No es la primera vez que Francisco Álvarez-Cascos entabla relaciones con los últimos restos del naufragio del sindicalismo obrero que encuentran refugio en la Corriente Sindical de Izquierda, la CSI, cuyos dirigentes, Cándido González Carnero y Juan Manuel Martínez Morala, han sido encarcelados por romper la caja de plástico que guardaba la maquinaria de una cámara de vídeo instalada delante de Naval Gijón, dedicada a la vigilancia de los trabajadores de la fábrica, al igual que tantas cámaras que en su día vigilaban por las calles los movimientos de los ciudadanos de Tirana, Bucarest o Sofía, en los mejores tiempos de estas viejas capitales europeas.

Cascos negoció muchas cosas con Morala y Carnero, en los tiempos en que el entonces Vicepresidente del Gobierno de España, ejerciendo de asturiano, intentó prolongar la vida útil de los astilleros gijoneses, en contra de los planes combinados entre ciertos dirigentes del Partido Socialista y la Unión General de Trabajadores, que hoy controlan buena parte de los cargos públicos del Principado de Asturias, para convertir en solares parcelables estas viejas industrias, con ayuda de algún poderosísimo hombre de negocios afincado en Madrid.

La liquidación de Naval Gijón había de venir unida, forzosamente, a la privatización de Izar Gijón, y no sólo para poder sumar en el plano los dos solares resultantes, teniendo en cuenta que el hoy presidente, cuando era alcalde, ya creó una playa delante de cada uno de los dos astilleros –Poniente y El Arbeyal-, sino que además, para darle credibilidad a la operación, era necesario integrar los restos laborales de una de las dos sociedades, la de menos entidad y la económicamente arruinada –la que en su día fue sociedad privada Naval Gijón, y hoy nadie sabe lo que es- en la saneada y jugosa Izar, privatizada el verano pasado, libre de cargas, en una cantidad irrisoria.

Con Cándido y Morala en la cárcel, los dirigentes socialistas y de Izquierda Unida que han venido metiendo la cuchara en este negocio que consiste en destruir empleo y actividad industrial, para fabricar billetes de quinientos euros, se las prometían muy felices, porque iban a lograr que los ciudadanos dejasen de hablar de la especulación inmobiliaria, para ponerse a discutir sobre el recorte de libertades y el retroceso en los derechos cívicos que estamos viviendo en Asturias, una tierra, en la que luchar en contra de la financiación ilegal de los partidos políticos y el enriquecimiento particular que florece alrededor de esa actividad, se está convirtiendo poco menos que en una actividad terrorista.

Así lo entiendo el juez que entendió del caso, que condenó a estos dos sindicalistas, aplicándoles el Código Penal, allí por donde el PP y el PSOE, de común acuerdo, endurecieron sus penas para combatir los delitos de la kale borroka, el terrorismo de baja intensidad, no la lucha de los trabajadores en defensa de sus puestos de trabajo y contra la corrupción de la clase política.

Este procesamiento y la situación que vive Asturias, no habrían sido posibles, si al frente del Partido Popular de Asturias y de Gijón, hubiese personajes vinculados al liberalismo –nada que ver con lo que aquí se entiende por tal-, y por lo tanto, dotados con una fe razonable en el papel que las libertades públicas y las garantías democráticas han de jugar en una sociedad tan degradada como la nuestra, en la que hemos vivido casos degenerativos tan clamorosos como el protagonizado por el Delegado Antonio Trevín, cuando se dedicó a perseguir, de manera pública y notoria, al testigo protegido Francisco Javier Lavandera.

Ni Pilar Fernández Pardo ni Ovidio Sánchez han dado la talla, al frente de un Partido Popular que en todo momento hizo el juego a los gobiernos del PSOE e IU que han encarcelado a Cándido y a Morala, salvo el papel jugado por los diputados en el Congreso, y especialmente por Alicia Castro y Leopoldo Bertrand, que con un valor indiscutible, y sin duda en medio de la incomprensión de un partido de “señoritos”, han sabido hacer honor al mandato que tienen encomendado, adelantándose al espectáculo farisáico encabezado por el consejero de Justicia, Francisco Javier García Valledor, que pretendió convertirse en el defensor de estos sindicalistas a los que su propia organización política ha conseguido meter en la cárcel, poco después de que buena parte de la sociedad asturiana se enterase de que la empresa Progea –vinculada a IU- sacase la primera y más descarada tajada de la expropiación de terrenos con dinero público en la zona, para vender viviendas de lujo.

Asturias necesita desesperadamente un Partido Popular que rompa con el corsé señoritingo, políticamente endomingado e intelectualmente adocenado, que mantiene a la derecha asturiana anclada en la sociología de las clases medias franquistas, asociando la participación en la vida pública en ese partido, al pulóver de pico colocado sobre los hombros, y el flequillo untado con fijador con olor a peluquería pretenciosa, sin la menor concesión a la seriedad a la que está obligado cualquier representante del pueblo por el mero hecho de serlo, participe en la opción en la que participe.

El PP concebido como un partido de “pijos”, ha venido haciendo demasiado daño a la sociedad asturiana, al evadirse sistemáticamente de su responsabilidad en la gestión de los asuntos públicos. Ahora mismo, en un momento sin duda decisivo para el futuro de nuestra comunidad, con Cándido y Morala en la cárcel, y los ciudadanos ocupados con la defensa de las libertades frente a los mecanismos de la persecución y el miedo que utiliza el poder, el PP de Ovidio Sánchez y Pilar Fernández Pardo se apresta a participar con el PSOE de Javier Fernández, en el reparto del merengue institucional, con acuerdos de legislatura sobre los principales negocios de la comunidad, sin que ni una palabra de exigencia, ni una sola condición, haya salido de las bocas de los dirigentes de este partido, en una situación de excepcionalidad como la que estamos viviendo.

Por eso no podemos dejar de felicitar desde aquí, a Francisco Álvarez-Cascos, por su valor y por su significativo gesto en defensa de las libertades públicas amenazadas, cuando el aparato de Manuel Pedregal se apresta a celebrar su fracaso electoral comiendo las sobras que el Partido Socialista les arroje en la escudilla en los tiempos duros y complicados que se avecinan, unas sobras muy jugosas con las que Ovidio Sánchez intentará mantener los equilibrios internos, en una situación política de una extremada dureza, pues fuera del entendimiento PSOE-PP no habrá nada, ya que Izquierda Unida se ha convertido en un desprestigiado carromato de feriantes en el que sólo se percibe el brillo de las navajas en la disputa por los restos del naufragio de un pacto alimenticio.