EL RUNRÚN
Debo confesarles que un servidor de ustedes, en cuanto oye el estallido de los primeros petardos que anuncian la verbena de San Joan y hasta que llegan las fiestas de la Mercè, coloca en primera línea de armario los pantalones cortos, unos bermudas que realzan la belleza natural de sus piernas serranas, y de esa guisa se pasa el verano salvo en caso de fuerza mayor. Aunque cada vez la fuerza es menor y he llegado a ir a ver a un director de banco ataviado de esa guisa.
En cualquier caso, me parece absolutamente lógico y normal que nadie use armadura -habida cuenta de que los duelos entre caballeros, lanza en ristre, se prodigan poco- o que alguna multinacional haya decidido que sus ejecutivos vayan sin corbata para mitigar así el gasto en aire acondicionado. Con la vestimenta pasa igual que con la calefacción. Josep Pla explicaba que el lugar del mundo donde había pasado más frío había sido en Barcelona, en aquellos pisos del Eixample carentes de cualquier síntoma de confort, una de cuyas principales misiones consistía precisamente en mortificar a sus habitantes.
Ahora hay como una campaña moral, yo diría más bien de moralina barata, que reclama una vestimenta como Dios manda, como si Nuestro Señor estuviera para estos menesteres y no para las cosas realmente importantes. En este terreno he visto cambiar mucho las cosas. Yo iba, en los años setenta, a la facultad con camisa y corbata, por ganas de jorobar más que nada. En fin, que de la misma forma que cuando en Barcelona hacía frío de verdad el personal se ponía el abrigo, ahora que hace un clima casi tropical, con loros en la Diagonal, palmeras por todas partes y turistas de cruceros, lo más lógico es que los caballeros tiremos de bermudas, porque exigir ir a trabajar, en estas condiciones, ataviados con camisa, corbata y americana debería estar prohibido por la convención de prisioneros de guerra de Ginebra. Máxime cuando las señoras pueden ir mismamente como les dé la realísima gana y eso no es una falta de educación sino una alegría. He visto a las nueve de la mañana a una señorita circular por Francesc Macià con lo que parecían los restos escuálidos de la parte superior de un bikini y de cintura para abajo taparse - poco- con un pareo sin que produjese ningún daño colateral entre los viandantes, mientras que si yo me calzo una boina por la cosa del frío y la alopecia galopante en pleno invierno soy capaz de parar el tráfico. Eso debe de ser cosa de la discriminación positiva, porque, mal está decirlo, pero una señora en un estado de medio despelote, con la personalidad al aire, ya no despierta entre el personal el menor interés salvo en la Conferencia Episcopal.
Ahora hay unas cuantas mentes biempensantes que consideran que hay que guardar las formas, cuando ya no queda nada que guardar por la poderosa razón de que las formas respondían a unos determinados valores, y esos valores, mal que pese a algunos, se han ido literalmente río abajo, a hacer puñetas. Para qué nos vamos a poner traje y corbata cuando el mundo en que la gente se ponía traje y corbata para ir a trabajar ha desaparecido literalmente bajo nuestros pies. Pues, por favor, no hagamos el ridículo de querer convertir una coctelería en una catedral.

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