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2 Julio 2007

Catalunya, un país sin proyecto, de Josep Miró i Ardèvol en La Vanguardia

Nuestro problema es que somos un país sin proyecto porque el histórico está agotado y nuestros grupos dirigentes se muestran incapaces de proporcionarnos otro distinto.

El país tiende a ser la suma de individualismos aislados que dependen cada vez más del poder político para cubrir sus carencias - incluso las afectivas- nacidas de su desvinculación. Y el poder, que lo sabe, cree que ya no necesita proyecto, solo ofertas a caballo entre la tómbola y el bazar, que regala folletos, sonotones y condones. A caballo entre la estafa de los trileros y un nuevo moralismo que mide el tamaño de las hamburguesas.

Pero la sociedad civil catalana no puede funcionar sin proyecto colectivo. Construirlo significa ofrecer un horizonte de sentido a todos, ilusión, respuestas creíbles a los retos reales, necesidades y peligros de las gentes. Sirve a la idea de que nuestras vidas serán mejores, y no sólo en términos materiales, si somos capaces de concretar en qué consiste nuestro bien común y perseguirlo.

El hundimiento del proyecto de país es tan abrumador, "que se diría que estamos ante una suerte de reedición del 11 de septiembre 1714", como escribía Xavier Bru de Sala en estas páginas. Y eso es lo tremendo. Ya se puede comparar - exagerando, pero sin romper con la lógica- nuestro hoy con la trágica adversidad que significa el perder una guerra. Entonces nos derrotaron. Ahora nos hundimos nosotros mismos.

Se predica públicamente sin complejos que lo mejor es que cada uno vaya a lo suyo, indiferentes a todo lo que nos atañe colectivamente. Es la manifestación del fracaso colectivo, el sálvese quien pueda, definido con recato.

"Oiga, usted, pero ¿cómo se atreve a decir que no tenemos proyecto? ¿Y el tren de alta velocidad? ¿Y la ampliación del aeropuerto de Barcelona? Ambas cosas y otras más son importantes, pero ningún país serio cabe en el Ministerio de Obras Públicas. Creer otra cosa es ser provinciano. Nunca Catalunya lo había sido tanto desde la Decadència.

Ningún gran tema nos ocupa, ningún gran debate de Occidente nos afecta. Aquí el pragmatismo se confunde con el vuelo gallináceo que decía el escritor Josep Pla, cuando en realidad consiste en sacrificar todo lo accesorio para preservar las pocas cosas fundamentales.

Pero ¿qué es hoy lo fundamental para los catalanes? Pues ése es el problema, que hemos renunciado a pensarlo y debatirlo quizás por temor a que se monte un guirigay. De ahí el estilo del presidente de la Generalitat, José Montilla, en el que la paz del cementerio se confunde con la estabilidad.

En este contexto el buen ciudadano es el de los tres monos clásicos: el que se tapa los ojos para no ver, los oídos para no escuchar, la boca para no hablar, y el de otros dos más específicos. El cuarto, con las manos para aplaudir, y el quinto, en la postura clásica del egipcio de perfil, con la mano presta a recibir.

De la misma manera que el arte es mucho más que una industria, la acción política no se legitima sólo por la pugna entre partidos. Se necesita mucho más.

Unos admiran al flamante presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy, otros el formidable debate político de la revitalizada Francia, pero se olvidan de lo fundamental. A lo largo de una serie de años el hoy presidente ha construido una propuesta cultural, social, moral, además de económica y política, pensada y manifestada fuera del estrecho y dogmático margen de lo políticamente correcto, de la dictablanda cultural. Lo ha hecho sin temor a los tópicos instalados, aportando valor, creatividad y credibilidad. Así sí puede entenderse una ambición personal.

Y esta dictablanda que en Catalunya es la ley es la que tanto ha contribuido a dejarnos sin proyecto, al liquidar nuestra capacidad de pensar juntos, lo que exige decir en público lo que se habla en privado, y perder el miedo a que te señalen con el dedo: "Es raro, piensa distinto".

Por eso el nuevo proyecto de país, queridos amigos, debe empezar con un "abre los ojos" y contemplar, igual que en la obra de Eugène Ionesco, como los rinocerontes se multiplican en nuestras calles, sustituyendo a las personas.

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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