«Si en nuestras relaciones privadas evitamos molestarnos, en la vida pública, un respetuoso temor es la principal causa de que no cometamos infracciones, porque prestamos obediencia a quienes se suceden en el gobierno y a las leyes, y principalmente a las que están establecidas a ayudar a los que sufren injusticias y a las que, aun sin estar escritas, acarrean a quien las infringe una vergüenza por todos reconocida». (De la Oración fúnebre por la democracia, de Pericles, reproducida por Tucídides)
«¿Habéis fracasado ya bastante? ¿No? ¿Pues seguid fracasando hasta que el pueblo os diga: ¡Basta!" (Azaña)
Fíjese, don José Manuel: es más hacedero lo quimérico que lo utópico. La posibilidad de que llegase usted a ser el cabeza de lista más votado en Cangas, sobrepasaría el mayor delirio imaginable. Y, por el arte del birlibirloque y de agravios y desquites diversos y dispersos, se ha convertido en el alcalde electo de su municipio, siendo el suyo el partido que menos sufragios ha recibido de la ciudadanía. Lo imposible se ha hecho carne y habita entre nosotros. Persuadido estoy de que no para usted de darle las gracias al cielo protector.
¡Ay, señor Martínez! ¡No sabe usted cómo y cuánto sobrecoge la fotografía que publica en portada de LA NUEVA ESPAÑA, en donde sale usted tocando poder! Porque, no nos engañemos, de eso se trata. Tras el berrinche sobrevenido porque el que iba para alcalde perpetuo de Cangas no accedía a sus peticiones, llega la votación y los ediles conservadores, capitaneados por un señor que fracasó electoralmente y que andaba y anda a la gresca con los dirigentes regionales de su partido, le regalan el sillón de regidor de Cangas del Narcea. Usted, que siempre lleva la bandera republicana como signo distintivo, no parece sentir el más mínimo empacho ante el hecho de que la vara de la Alcaldía la obtiene gracias al partido conservador. Son grandes sus tragaderas, señor mío.
Don José Manuel, es usted digno de un sesudo estudio de alta política. Se muestra dispuesto a trabajar por el bien de su bienamado municipio. ¡Faltaba más! ¡No saben los cangueses lo afortunados que son teniendo un Alcalde como usted! Ante todo, el servicio público, de eso no hay duda. Por eso, no se fue usted del Gobierno del Consistorio anterior a pesar de que apoyar al señor Cuervo podía colisionar con la escrupulosidad republicana. ¡Qué hubiera sido de Cangas y su concejo sin que usted participase en el poder municipal! ¡Pobrecitos míos!
¿Recuerda usted, por ventura, aquello que alguien dijo sobre las inconveniencias que acarrea sustentar el poder sobre las bayonetas? Pues mire: su poder municipal, caso de que no dimita, se asentará sobre dos pilares no menos inseguros y punzantes. Primero, sobre los resentimientos que comparte con el líder conservador hacia el hasta ahora Alcalde. Segundo, sobre un pacto político que, dígase lo que se quiera, es ideológicamente contra natura. ¿Piensa celebrar usted el próximo 14 de abril en compañía del líder del PP cangués? ¿Harán ustedes dos las veces de Alcalá Zamora y Azaña? ¡No me haga reír!
Tuvo que ser un 16 de junio, justo un mes antes de la Descarga canguesa, la tormenta política, la hilaridad general, el bochorno que truena, el terremoto informativo, la pirotecnia declarativa, la procelosa turbulencia mediática.
Políticos que viajan a Cangas, que van y vienen con la cabeza caliente, con la sístole y la diástole muy alteradas. Y usted, impertérrito. «Aquí me quedo».
El vago rumor que rasga el viento, sin ningún Zorrilla que declame. El ángulo más oscuro del salón becqueriano sin arpa alguna cuyas cuerdas puedan ser afinadas. Un laboratorio político que se transparenta en sórdida covachuela.
César o nada. La cabeza de Cuervo, políticamente hablando, o de aquí no me muevo. Ambición, la suya, alicorta. Vuelo bajo y rastrero. ¿Para qué todo esto, señor Martínez? ¿para alcanzar una notoriedad por una trapacería política que deja boquiabierto a todo el mundo?
Ni el Ayuntamiento cangués es la ínsula Barataria, ni usted es Sancho. Tampoco el señor Rodríguez Blanco es don Quijote. Vive el cielo que no lo es. Y, a pesar de todo ello, estamos asistiendo a una comedia bufa y ridícula en la que usted tiene un protagonismo innegable.
Sé que hay muchas sonrisas entre las gentes por el hecho de que, contra todo pronóstico, Cuervo se haya quedado descompuesto y sin la Alcaldía. No sería mala noticia que la ciudadanía retirase de sus cargos a quienes hacen de la política funcionariado en el peor sentido del término. Pero, tal como se han hecho las cosas, sin reparar en los medios, la maniobra queda ética y estéticamente desautorizada sin resquicio para matices de ningún tipo.
Hacer víctima a un personaje como el señor Cuervo de una fechoría política como la que usted y Rodríguez Blanco perpetraron la semana pasada es incurrir en el más difícil todavía del emponzoñamiento que vivimos.
¿Qué y quién sería usted fuera de la política, señor Martínez? Porque dentro de ella no es más que un burdo desacreditador de la democracia.
¿Ha pasado por su privilegiada mente aquello de que el fin no justifica los medios, sino que son éstos los que justifican el fin?
Por último, señor mío: le pido encarecidamente un favor: deje de exhibir, se lo ruego, la bandera republicana. El republicanismo es una ética y una estética que para usted son demasiado grandes y ajenas. Resueltamente, inalcanzables.
Sin más, pone fin a esta misiva un republicano.

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