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30 Junio 2007

Otra vez en casa, sin odio ni rencor, pero con las ideas muy claritas (¿Por qué me dieron la paliza que me dieron?), de Juan Vega en El Comentario (Colaboradores)

29/06/2007 - 20:00 h

Estoy otra vez de vuelta a casa, tras una buena temporada en el hospital, a causa de la paliza que me produjo un grupo de sicarios de Izquierda Unida, en aquel infausto asalto a la Plaza de América.

Como sabéis, la paliza fue silenciada por los medios de comunicación, en urgencias me despacharon con un esguince, y pocos días después volvía a ingresar con una trombosis pulmonar masiva, causada por las lesiones que me habían producido en la pierna aquellos energúmenos, que me llevó a las puertas de la muerte.

La verdad es que la experiencia no me produjo ni frío ni calor, en el terreno personal -lo digo como lo siento-, pues hace mucho tiempo que tengo muy claro qué tipo de mafia es una organización política como IU, carente de cualquier principio que no sea generar los recursos necesarios para el bienestar de sus dirigentes y cargos públicos, que no dudan en utilizar los resortes de gobierno para financiar sus campañas electorales, repartiéndose amistosamente el suelo entre sus promotoras inmobiliarias y las de sus socios, mientras utilizan como mano de obra a los pobres diablos a los que se libera del trabajo en los tajos con horas sindicales o se contrata temoralmente en las empresas públicas. Matan por un plato de garbanzos. No es por otra cosa.

Sabía por lo tanto, que algo como lo que ocurrió podía ocurrir. Sabía que las organizaciones mafiosas tienden a la violencia para ocultar sus vergüenzas, y es evidente que el programa de Teleasturias en el que comparecí junto con Carmen Suárez, de la Zona Rural de Gijón, y Miguel Ángel Llana, de la Plataforma contra la Represión y por las Libertades, iba a tener consecuencias.

Ni me esperaba que la respuesta fuese tan rápida, ni por supuesto tan bestia, ni muchísimo menos con el consejero de Justicia Valledor, la dulce Noemí, el sibilino Aurelio, el sicofante Iglesias y el impostor David Ruiz –que previamente me había enviado unos correos claramente amenazadores relcionados con dicho programa- y otros pájaros de cuenta, animando la faena desde el exterior, llegando, en el caso del propio Valledor, a zarandear con las manos a los afiliados disidentes de su trama organizada.

Lo cierto es que la ocasión la pintan calva, y me pillaron en una situación aparentemente muy favorable para ellos, con unos policías uniformados que silenciaron los hechos, aunque desgracidamente para su tranquilidad, los funcionarios del Cuerpo Superior hicieron su trabajo, y en el atestado dejaron constancia de mi agresión y del papel jugado por Valledor como instigador de la algarada violenta. No lograron borrar las pruebas. Y además había cámaras de vigilancia.

Cuando digo que la experiencia de estar al borde de la muerte no me produjo ni frío ni calor -es más, la situación tuvo su punto de comedia-, digo la verdad fría y desnuda, pues os aseguro que en ningún momento tuve conciencia de que ésa fuera la situación, ni me produjo otra intranquilidad que la del disgusto que mi fallecimiento habría producido a mi familia, mi madre, mi hijo, mi hermana, mi mujer y todos los amigos que nos rodearon a quienes vivimos en la intimidad este insólito episodio, que se produce en una época en la que en Asturias estamos viendo cosas muy raras, como por ejemplo, la presencia de presos políticos en Villabona, apartados de la circulación para que no interrumpan los negocios que hacen estos grupos de mafiosos organizados en la bahía de Gijón.

Todavía hay algún iluso como José María Fernández, mi abogado de tantas experiencias en libertad, que esperaba llamadas, disculpas u otras palabras humanas, procedentes de estos energúmenos, de estos profesionales del saqueo de lo público, que no fuesen las que me dedicó el impresentable funambulista Jesús Iglesias, que afirmó públicamente que los ciudadanos que fuimos violentamente aporreados por sus sicarios, lo fuimos porque éramos unos "provocadores", por lo que sólo le faltó añadir que nos habían dado nuestro “merecido”.

Quienes están cerca de mí, saben que nada esperé en ningún momento de estos homúnculos. Nada. Ni una llamada. Ni una disculpa. Sé como son hace tiempo. Desde que para mi desgracia, por una infausta casualidad, me encontré de lleno con la evidencia de sus sucios negocios. Por eso no esperaba ni una palabra, en línea con el sencillo “lo siento” que dicen los niños cuando meten la pata. Ellos no tenían nada de que arrepentirse. No son niños. Son mayores y son muy conscientes del siniestro carrusel en el que están metidos.

Lo sucedido les vino bien. Lo que me ocurrió a mí les favorece. Ahora la gente ya sabe cómo las gastan. Ahora sabemos que quien hable de sus negocios, de los negocios con los que Valledor, Iglesias, Llamazares, Noemí y compañía financian sus campañas para seguir ahí remando, a través de empresas como Progea, como las de Manuel González -responsable de la Comisión Federal de Garantías de IU, recientemente indultado de un delito de estafa gracias a la intervención de Llamazares- y otras, con las que gestionan suelo, consiguen edificabilidad y se dan licencias a sí mismos, se arriesga a recibir una buena paliza, y a que además, esa paliza sea respaldada por el clamoroso silencio de nuestros medios de comunicación y sus honestos profesionales, porque quien habla de estas cosas, con sus palabras, pone en evidencia lo que otros callan, a cambio de saneados ingresos publicitarios.

Como ustedes saben, un gobierno como el de Asturias, reparte anualmente varios miles de millones de las antiguas pesetas entre los medios de comunicación de la comunidad.

En una situación así, lo que mejor les viene a estos personajes, lo que quieren en definitiva, es que se les tenga miedo. Hay ciertas puertas que si se traspasan, al que las cruza se le mata a hostias y en paz.

¿Y cómo reacciona la sociedad?

Ahí es donde hay más tela que cortar, pues cada día me interesa más el oscuro camino que sigue la relación entre política y delito, amparada por la retórica de la izquierda que se dota de un discurso mesiánico, y que convierte su éxito, su continuidad, la impune comisión de sus fechorías en definitiva, en un bien de interés general.

Todavía son muchos los honestos miembros de la comunidad, que otorgan credibilidad al hueco bla, bla, bla de estos impostores, por el mero hecho de ampararse en el mito político de la izquierda, mientras se les llena la boca de baba, cuando se refieren a la derecha, como si ellos representasen al bien, en lucha contra el mal. La falsa contradicción izquierda-derecha justifica su existencia.

Aún encuentran “intelectuales” –de risa claro- que les firmen los manifiestos, mano de obra dispuesta a abaratarles las campañas y sicarios preparados para organizar un choque violento como el de Plaza de América.

Salta a la vista que casi nada tiene en común esta partitocracia depredadora que da cobertura hoy a estos vividores sin más norte ni guía que su propio bienestar, con la clase política que se agitaba en la Europa que desembocó en la tremenda confrontación de los totalitarismos de entreguerras, modelo de militante y dirigente que inspira la retórica y la estética con la que se camuflan estos oportunistas que gestionan los restos del naufragio de la izquierda. Ni ellos tienen nada que ver, ni aquellos tiempos con estos tampoco.

Sin embargo, parece razonable constatar que está surgiendo un nuevo monstruo totalitario que domina nuestra sociedad, muy necesitado de análisis, que cuenta con esa retórica y esa estética de la izquierda histórica, para disfrazar el juego libre de los intereses más descarnados de una oligarquía de la que no son otra cosa que sus más serviles empleados.

Tags: juan vega

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