Es de agradecer que el Ayuntamiento proporcione lugares para que los niños pequeños puedan jugar; me refiero a las plazas y jardines de la ciudad. En muchas de esas plazas hay una cerca que rodea un espacio con arena y que también contiene toboganes, columpios, torres de barrotes como pequeños castillos, etcétera. Lo que ocurre es que esos espacios infantiles se hallan bajo las inclemencias del sol mediterráneo.
Me explico: las plazas suelen tener árboles a su alrededor y algunos bancos a su sombra, pero los lugares de los juegos infantiles no tienen ningún espacio de sombra, de manera que en este nuestro país, en que el sol calienta fuerte desde abril hasta finales de octubre, son siete meses en los que los niños, si quieren subirse a los toboganes y columpios, tienen que hacerlo al anochecer, cuando ya es hora de que cenen y se vayan a la cama, sobre todo si al día siguiente van a la guardería o al colegio.
Las madres jóvenes o las abuelas se encuentran con la dificultad añadida de retener a los niños, para que no se suban a unas piezas que están ardiendo. Hay que añadir que los toboganes son metálicos, de manera que, puestos al sol durante todo el día, se convierten en verdaderas trampas peligrosas para las pieles sensibles de los pequeños. Eso es fácil de arreglar y puede que también barato. Un encañizado sostenido por unos postes daría la suficiente sombra para que los niños jugaran tranquilamente sin miedo a quemarse los pies en la arena recalentada o que el bajar por el tobogán no supusiera un riesgo de quemaduras.
No sé qué es lo que piensan los urbanistas de sus mobiliarios urbanos. La idea de las plazas con juegos infantiles es espléndida y necesaria, pero deberían darse las condiciones de uso para que no se convirtieran en lugares de riesgo. Algunas plazas ya tienen suficientes árboles para dar sombra a las instalaciones, pero en muchas la inclemencia del sol supone no poder acceder a ellas hasta el anochecer.
Estamos en el Mediterráneo y el sol que calienta aquí no es broma, mejor dicho, hay que protegerse de él. A la hora de la salida de los colegios y guarderías, alrededor de las cuatro y media o cinco de la tarde, que son las dos y media o tres del sol, es cuando calienta más; y es precisamente entonces cuando los niños quieren jugar en la placeta con la arena y con los toboganes y realmente en algunas plazas no se puede ni se podrá hasta la puesta del sol, a eso de las nueve de la noche. Y eso durante bastantes meses al año. Habría pues que hacer algo, ya que huelga decir que esos horarios no son los infantiles.
Otro mobiliario urbano son los sillones individuales que hay en algunas calles. Son cómodos, me he sentado algunas veces en ellos, pero tienen un defecto social: suplen a los clásicos bancos de listones de madera. El sillón es individual, y una, sentada allí, queda como ocupando un espacio público de una manera privilegiada y desconectada de los demás. Un banco es otra cosa, es un ir y venir de personas que se sientan, se levantan, se acercan, se alejan y suele haber espacio para varias personas, ya no digo si son bancos dobles.
Los bancos de los paseos o las calles suelen ser un punto de descanso y también de reunión de gentes desconocidas, no forzosamente para que se entable una conversación, pero sí que hay un acuerdo tácito en el sentarse, como tomarse un tiempo de reposo aunque sea mínimo. Eso no ocurre con un sillón individual aunque sea el mejor diseñado del mundo.
Tal vez no se trate de diseño y de apariencia de modernidad, sino que se trate de la convivencia diaria con sus estados de fatiga y reposo, y un banco en el paseo es como un pequeño encuentro tácito, si más no, de nuestros descansos.

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