PERDÓNENME ustedes que me refiera a un asunto geográficamente lejano: las islas Canarias. Pero es que allí se está produciendo un fenómeno de conversión política que supera en méritos a la rumoreada conversión al catolicismo de Tony Blair. Allí se acaba de demostrar que gran parte del debate político es falso; que gran parte de las posiciones de los partidos son falsas, y que las ideas de patriotismo, unidad y cohesión nacional están eternamente vigentes¿ hasta que alguien decide ponerles un precio. Sí, señores: los grandes conceptos en que se asienta una nación se pueden comprar. El precio es el poder.

Les sitúo. Hace algo menos de un año, el Parlamento canario aprobó la reforma de su Estatuto de autonomía con la oposición frontal del PP. En febrero de 2007, el Congreso de los Diputados lo tomó en consideración, con la única oposición del mismo PP, en coherencia con lo decidido en las islas. La diputada de ese partido llegó a llamar al texto «nacionalsocialista». Y don Ángel Acebes tampoco se quedó corto en la crítica: dijo que era tan perverso como el catalán y lo acusó de ir «contra la cohesión, la solidaridad y la igualdad de los ciudadanos».

Todo esto sería muy razonable, muy patriótico y muy digno, si no ocurriera lo que acaba de ocurrir: cuatro meses después de esos improperios, el mismo Partido Popular admite el Estatuto e incluso aspectos tan sensibles como la competencia del Gobierno canario en materia de prisiones. Milagro primero: ha dejado de atentar contra la solidaridad y la igualdad. Y milagro segundo: el Partido Socialista, que defendía el texto, es acusado por los nacionalistas de retrasar su tramitación parlamentaria.

¿Qué ha ocurrido en medio? Que el PP y Coalición Canaria han llegado a un acuerdo y tienen repartido el Gobierno de las islas. ¿Hay un Estatuto malo para la cohesión nacional? ¡Pelillos al Atlántico! Ya están en el Gobierno, ese señor que se parece a Aznar va a ser el vicepresidente, y el agua se convierte en vino. Los dos aliados hacen un apaño de enmiendas para lavar la cara de la conversión prodigiosa. Demuestran una capacidad de diálogo y renuncia que antes no habían tenido. Llegan a un acuerdo, el Estatuto ha dejado de ser nacionalsocialista y es bueno de toda bondad.

¿Hizo falta una larga negociación? ¡Qué va! Ha bastado poco más de una semana. ¿Hizo falta celebrar un congreso para cambiar principios que eran sustanciales? Ni mucho menos. ¿Fue preciso consultar a las bases? Nada de eso. Lo único que ha ocurrido ha sido la aplicación del principio no escrito del poder: no dejes que una norma que daña la convivencia del pueblo te estropee a ti una sugestiva luna de miel con coche oficial.