En la madrugada del viernes, muy pasada ya la media noche, mi teléfono móvil comenzó a sonar de manera estrepitosa, rompiendo de manera violenta la quietud de la noche y mi propia concentración en el trabajo que estaba realizando. Descolgué de inmediato, es un decir, para evitar que el ruido despertara al resto de mi familia que dormía plácidamente... ¿Quién podría ser a semejantes horas? Una voz conocida enseguida se puso al habla: “Hola Federico, soy fulanito, perdona que te llame a estas horas pero a mí también me han despertado para que me ponga en contacto contigo”. No podía imaginar quien podía ser el instigador de semejante aventura telefónica nocturna, pero mi interlocutor lo desveló enseguida: “Es que a Rodrigo le ha sentado muy mal que contarais lo de la boda, está muy enfadado y quería que lo supieras, y además dice que no es verdad”. Vaya, pensé yo, pues sí que es cierto que ha vuelto Rodrigo Rato, y con el unos modos que yo había supuesto más dulcificados tras la estancia americana... pero se ve que no. “Dile a Rodrigo –le contesté a mi interlocutor, figura destacada del PP para más señas-, que hemos contado lo que nos han contado, que ya lo ha leído hasta la potitos, que no sólo lo sabíamos nosotros y que tampoco hay nada de malo en que se case, pero que en cualquier caso no está escrito así con ánimo de fastidiarle, nosotros no hacemos ese tipo de cosas, sino que informamos”.

Siempre he sentido un especial aprecio por Rodrigo Rato, desde que era portavoz del PP en el Congreso en tiempos de Felipe González. Creo que es un gran político y que ha sido aún mejor vicepresidente y ministro de Economía, aunque algunas de sus decisiones, relativas sobre todo al entorno mediático, todavía estamos esperando a que nos las explique, pero por algo el viernes El País lo recibía con los brazos abiertos. Sin embargo, Rato a veces sólo parece entender los aprecios si van acompañados de actitudes, no diré sumisas, pero casi, y desde que le conozco, entre sus muchas virtudes destaca un defecto que puede ser un handicap importante para alguien que quiera llegar a lo más alto en la profesión política: esto de la prensa lo lleva francamente mal. Y es una pena, porque Rato reúne las condiciones que un político necesita para abanderar a toda esa inmensa clase media española, situada en el centro político y que vota en clave de mejorar su bienestar. En cualquier caso, su vuelta debe ser bienvenida, entre otras cosas porque, haga lo que haga, será en beneficio de Mariano Rajoy y de su posición de liderazgo en el PP, y eso es positivo de cara a la próxima campaña electoral y a la ambición que cada vez tienen más españoles de despedir con cajas destempladas a Rodríguez Zapatero.

Se equivocará Rodrigo Rato si en su camino de vuelta viene acompañado de un intento de control de los medios, de lo que dicen los medios, de lo que escriben los medios... Pocos políticos han gozado en este país del trato favorable que ha tenido casi siempre –con algunas excepciones- Rodrigo Rato, aunque es verdad que él se ha ganado a pulso el reconocimiento nacional e internacional de los medios de comunicación, entre otras cosas porque siempre ha demostrado una solidez extraordinaria en sus argumentos y en la defensa de sus ideas. Vuelve Rodrígo Rato, y su regreso viene a confirmar que en el PP sigue habiendo primeras figuras capaces de volver a liderar un proyecto de país como el que, precisamente gracias a la capacidad de diálogo de Rato con los nacionalistas, lideró el primer Gobierno de José María Aznar entre 1996 y 2000. Rato es una garantía, él lo sabe, y lo sabe Rajoy, y por eso su vuelta estaba perfectamente coordinada con las necesidades electorales del actual líder del PP. Independientemente de que Rato vuelva a la primera línea, sea candidato o yo que sé, el hecho de que ya figure en las primeras páginas de los periódicos le sitúa como partenaire de Mariano Rajoy, y ese tandem es mucho más completo que el que configuró en su día el propio Rato con Aznar, porque ambos, Rajoy y Rato, representan mucho mejor los anhelos de esa inmensa clase media que lo único que quiere es que le dejen vivir en paz y, a ser posible, se lo pongan fácil.

Elucubrar sobre lo que vaya a hacer ahora Rodrígo Rato, sobre si vuelve a la política o va a ser presidente de una gran compañía, es darle cuartos al pregonero. El sabrá lo que quiere hacer, pero su vuelta ha generado una expectación sin precedentes, necesitado como anda este país de políticos competentes y capaces y de mensajes convincentes y que aporten seguridad en el futuro. Mariano Rajoy se ha subido a la ola de centro-derechismo que recorre Europa, incluso en países donde la izquierda ha ganado por la mínima, como en Italia o en Gran Bretaña, donde el laborismo cada vez se disuelve más en las aguas del liberalismo y le roba parte de su discurso a los conservadores. Y, por supuesto, en Francia, en Alemania y en la Europa del Este –por eso Rodríguez se tuvo que acoplar a la Europa conservadora en la última cumbre-, y pronto, ya lo verán ustedes, en España. Para Rajoy, cuyo liderazgo está consolidado en el PP y cuyo proyecto político cada vez se dibuja con los contornos mucho mejor marcados, la vuelta de Rato es una buena noticia. Para el PP, también. Incluso para el país. Falta saber si los periodistas nos tendremos que atar los machos o, por el contrario, podremos dormir tranquilos.