Los episcopos u obispos españoles tienen la vista cansada, o quizá las lentes del microscopio que utilizan para realizar su función de guardianes, inspectores, examinadores, ojeadores o mirones certeros -que eso significa su nombre- estén sucias o acaso defectuosas. De otro modo no se entiende que hagan sonar de nuevo las siete trompetas del Apocalipsis a propósito de la asignatura Educación para la ciudadanía, aunque, después de todo, sí resulte comprensible, ya que aquí los tenían muy mal acostumbrados a que fueran ellos quienes se ocuparan de que la moral católica rigiera la vida y fuesen también delitos civiles los pecados de su código, como el adulterio, el divorcio y la homosexualidad, a la vez que se encargaban de dar el «nihil obstat» o su aprobación a las redacciones amañadas de la historia de su Iglesia, que era disciplina obligatoria en el Bachillerato del tiempo en el que las españolas debíamos entrar en los templos con la cabeza velada y sin un solo centímetro de epidermis al aire, a no ser la del rostro, fuera verano o invierno, pues hasta a las niñas pequeñas se les prohibía ir en piernas, obligadas a llevar calcetines. En aquellos manuales se contaba que Voltaire era dueño de una mirada torva, propia de un depravado, y que, de la Revolución Francesa sólo podía decirse que había entronizado a la Diosa Razón, encarnada en una bailarina desvergonzada que, medio desnuda, la canalla ebria paseaba, lúbrica e impuramente, en una carroza por las calles de París -je t'aime, ó là, là-. Ahora tales seres vuelven a ser los trompeteros de Harmagedón, cuando se trata de que los escolares aprendan cosas tan elementales para la convivencia social como los porqués de que haya compañeros que vivan con su madre, y que el padre se haya casado con otra, o al revés, o de que tengan dos madres o dos padres, y que existan parejas compuestas por hombre y mujer o por dos mujeres o por dos hombres, y que no todas las personas son blancas, católicas y heterosexuales, ni que todas ellas viven en una casa, pues hay otras con otro color de piel, de otra religión o de ninguna, que son lesbianas y gays, o que no tienen techo ni pueden hacer cuatro comidas al día, sino que varias veces a la semana no prueban bocado, pero todas ellas deben gozar del derecho de ciudadanía, y de la obligación general, que atañe al de más edad y al más joven, referente a no hacerse daño a sí mismo ni al prójimo por medio de cualquier maltrato, sea de palabra o de obra, y del deber de no cometer imprudencias que puedan poner en peligro la salud o la vida de otro, sea conduciendo de forma temeraria un coche o un monopatín, o extrayéndole una muela o asesorándolo profesionalmente en caso de ser despedido de su trabajo o tiñéndole el pelo con un producto caducado para una fiesta de cumpleaños, o no cumpliendo escrupulosamente con las normas de salubridad e higiene si se trabaja en una cocina, o de meterle de forma loca y sin medida en el tatami al compañero porque ese día estás demasiado contento o te hallas muy deprimida... Y también de la causa inexcusable de ser corteses unos con otros, sin necesidad de ser amigos ni de quererse, pues la amistad y el cariño son también fruto de un aprendizaje, ya que se aprende a amar, pero sólo los tocados por una gracia especial aman a todo el mundo. Los obispos españoles, en ese sentido, están muy destocados y no son cristianos: tienen poca caridad, y donde ésta falta no hay amor y Cristo se tira al monte o al desierto, es decir, está ausente. Deberían arremangarse las sayas y bajar a la calle, a las parroquias a las que tratan de echar el cierre, a casar a su gente, y no dedicarse con exclusividad a celebrar desposorios rimbombantes de hijas de presidentes de Gobierno o de príncipes, y a disolver en un pispás matrimonios de ricos epulones. Pero, quiá, me crujen los sesos tratando de imaginar a Rouco en el momento de bendecir la unión de dos tribadas nigerianas, igual que le rechinarían los dientes a él si hubiera oído lo que me dijeron unas monjas segovianas a propósito de su persona. Sin embargo, lo que me duele en este momento es algo, que sea quizás el corazón. Es un dolor invasor y quemante por Asun, la doctora Fresno; pero me digo que la pena, aunque honda, es absurda, porque ella dejó, tras su paso por esta vida, un camino mejor, más limpio, luminoso y alegre, a pesar de ser del Opus, lo que puntualizo para que no nos fiemos demasiado de pins, adhesivos e impresiones audaces: Hitler era vegetariano y quemaba carne humana, Marx era un reaccionario como padre y como suegro, y muchas defensoras arrebatadas del derecho al aborto jamás irían al abortorio con pie ligero. Que la vida de María Asunción Fresno no nos sea nunca leve, sino benditamente presente y pesada, como las piedras santas que sirvieron de almohadas a desterradas malditas o eran indicadoras de la dirección deseada a peregrinos extraviados. Y que sus ilustrísimas los episcopos dejen de ser tan ogros voraces, o que Gog y Magog les den.