Julio es, para los niños, tiempo de colonias, campamentos y otras actividades que les entretienen o forman, mientras permiten a los progenitores seguir con su actividad laboral y de ocio. Como se ha destacado, es corriente que el coste de tales salidas resulte a las familias tan oneroso que el sueldo mensual de uno de los progenitores no alcance para cubrirlo. Así está montado y no es nada fácil ir a la contra, puesto que las alternativas son o bien poco deseables - verbigracia, que se queden solos en casa- o bien no están contempladas en nuestra sociedad - verbigracia, un tiempo extra de asueto para que la madre o el padre puedan estar con sus vástagos-.
Aunque no a todo el mundo le parezca demostrado, los niños buscan antes que nada protección familiar. Eso, para ellos, como para toda cría de mamífero o de ave, es lo fundamental. La primera necesidad infantil consiste pues en sentirse arropados por sus mayores. Sin embargo, y como muestran diversos estudios, es conviviendo con otros niños como desarrollan su personalidad. La interactuación infantil es, después de la seguridad del nido, un factor fundamental. Mientras hay escuela, es en el patio donde ejercitan la sociabilidad. Por eso, salvo que provean otras formas de convivencia con niños, andan equivocados los padres que, amparándose en el derecho a no ser educados en valores que no compartan, optan por enseñar a sus hijos en casa. Niños con niños y entre niños, eso es básico. Los fines de semana, en grupos de scouts o esplais.
Entre ellos se las componen, colaboran o forcejean, cada cual en pos de un lugar confortable dentro del grupo. Cuando empieza el largo periodo de vacaciones escolares, la convivencia infantil no debería cesar o sufrir largos paréntesis. En principio, lo de las colonias, campamentos y similares, no tiene contraindicación. Salvo que se acentúa la tendencia a pasar en familia menos tiempo del requerido. Una cosa es la interactuación infantil y otra muy distinta quitarse a los hijos de encima cuanto más tiempo mejor.
Aquí tiene lugar asimismo una especie de ley del péndulo entre generaciones. La mía, la anterior y en buena parte la siguiente, tuvimos el raro privilegio de disfrutar de los padres sin menoscabo de la sociabilidad con otros niños. En cambio, nuestros padres tuvieron muy poco trato con los suyos. Antes de la guerra, por poner algún corte temporal, los niños estaban en la calle o en el campo, trabajaban o iban a escuela. A los padres se les temía y se les trataba de usted o de vos. Las familias que podían permitírselo tenían personal encargado de ahorrar el fastidio de cuidar de los hijos, pues por fastidio era tenido. Los niños revoloteaban por su cuenta. En un librito donde recogió la memoria familiar de su infancia, mi padre escribió que a la pregunta: "Qui t´estimes més, la Mamà o la Mare?", él y sus hermanos respondían sin dudar: "La Mare". Ni que decir tiene que la Mamà era mi abuela y la Mare el ama de llaves, a la que así llamaban porque una hija suya entró a trabajar en el servicio doméstico de la casa a una edad muy tierna, y los niños, al oír cómo se dirigía a ella como Mare, imitaron el apelativo con toda naturalidad. Su principal referente vital era la Mare, que con los años acabó sentándose a la mesa en lugar de comer en la cocina con el resto del servicio, hasta cuando había invitados.
Aquella época pasó y parece que, tras el agradable paréntesis de nuestra infancia, - cuando pocas madres trabajaban y los padres, fuera del horario laboral, no tenían otra cosa que hacer que estar con sus hijos- no se dispone hoy en día de tiempo suficiente para dedicar a la convivencia directa con los hijos. El horario escolar se alarga por exigencia familiar. Crece la presión para acortar las vacaciones escolares, que son el tiempo de mayor felicidad para los niños. Es entonces explicable, no natural, que un sinnúmero de padres no sepan cómo tratar a sus hijos, no les comprendan porque no tienen idea de la psicología infantil, y sientan un cierto horror ante la perspectiva de pasar unas semanas con ellos (peor si no hay canguro a la vista). Es culpa del trabajo, se justificarán con cierta razón. Pero no sólo del trabajo. También del modo de organizar el tiempo de ocio entre adultos.
Los padres que no lo hacen deberían imitar a los que se unen a otros, amigos, hermanos o primos, en razón de la edad de sus hijos, formando grupos numerosos en los que el objetivo es la convivencia intergeneracional. Es muy agradable observar cómo, en estos casos, la algarabía festiva preside el ambiente. Los niños no deberían estar aislados de los otros niños. Tampoco de sus padres. El tiempo dedicado a los hijos es siempre tiempo ganado en experiencia vital y en afectividad. En cuanto se da la convivencia prolongada, surge con mayor facilidad la complicidad y la autoridad, que suelen ir aparejadas. El aprendizaje de estos pequeños grandes placeres sigue siendo, para demasiados padres, una asignatura pendiente.

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