Al doblar la esquina, al otro lado del Pirineo, tenemos la región de Midi-Pirineos, cuyo presidente Malvy es de los que apuestan, con Catalunya, por la gran eurorregión. Y que, por cierto , presidirá en Barcelona los actos del 14 de Julio.

Pero me refiero a otra proximidad: la de China que hoy está en todas partes. En Occidente, hace más de medio siglo, la República Maoísta hizo una espectacular aparición. Recuerdo bien el shock que produjo entre las altas representaciones de la diplomacia y de la sociedad mediática mundial, el desembarco en Ginebra de Chu-en Lai y su delegación pekinesa. Llegaban oficialmente de observadores a la conferencia Asiática, convocada en torno a los negociadores de la guerra francovietnamita. Los acompañantes del distinguido y cosmopolita mandarín pasaban de cuatrocientos, en impresionante y selecto grupo de funcionarios uniformados. A los pocos días, caía Dien Bien Fu y, a renglón seguido, el gobierno de París que pasó a dirigir Mendès-France, predestinado a firmar el armisticio. Chuen Lai y su nutrida escolta emprendieron el regreso, tras largos apartes con sus colegas de las cuatro grandes potencias. Señal de que no era gente de paso, la China popular abrió depósitos y cuentas en la banca suiza.

Visité parte de aquel mundo, al final de los setenta, una vez barrida la banda de los cuatro.Empezaba la apertura y el despegue industrial, con Japón y Estados Unidos por modelos. Hong Kong sirvió de laboratorio de conexiones con las finanzas y empresas de mayor relieve. La táctica era la de valerse, caso de ser necesario, de los chinos del exterior, incluidos los de Taiwán, a diferencia de los soviéticos persiguiendo a rusos blancos o trotskistas.

La apertura se tradujo en saltos de gigante. Diez años más tarde Zu Rongj, alcalde de Shanghai, visitaba Barcelona y las obras del anillo olímpico. Le informó Maragall y aconsejó Samaranch sobre qué pasos dar. Si Tokio y Seúl tuvieron ya sus juegos, Pekín no iba a ser menos. Siendo Rongji primer ministro, la capital del viejo imperio ganó la candidatura para los Juegos del 2008.

Samaranch es hoy el español más apreciado y popular de China. Lo dice en su libro La segunda revolución china el embajador Eugeni Bregolat, uno de los sinólogos europeos de mayor prestigio en la China actual. Cosa sabida por nuestros lectores y que puso de manifiesto su apasionante conferencia en el ámbito de Catalunya Oberta. Tuvo de introductor a Jordi Pujol, quien evocó la primera visita oficial catalana en 1989, bajo su presidencia.

Caso único el de Eugeni Bregolat en la historia de la diplomacia. Por dos veces en Moscú, de primer consejero y de embajador. Por dos tiempos también de embajador en Pekín. Imperios euroasiáticos que cada día pesan más en el mapamundi. Hoy se contenta con ser embajador en el Principado de Andorra, que no es poca cosa para un hombre de La Seu y para cualquiera que estime un país catalán sin duda con futuro en la gran eurorregión.