De igual manera que hay hoteles de una a cinco estrellas, compartimientos de primera y de segunda en algunos medios de transporte, ahora acaba de nacer una cárcel de lujo, si permanecer encerrado a la fuerza puede considerarse un lujo.

Ha surgido Brians 2, un centro penitenciario que reúne unas características muy diferentes de las habituales. Mientras en la Modelo de Barcelona, sírvanos de ejemplo, comparten una celda hasta seis reclusos, en la prisión recién inaugurada no serán más de dos las personas ocupantes. Los criterios que se han establecido para que a unos presos les corresponda una mejor reclusión y a otros una peor constituyen ciertamente un arcano para el común de los ciudadanos.

En cambio, no nos es tan desconocida la situación penitenciaria en el conjunto del Estado y en Catalunya en particular. Una ratio de 141 presos por cada 100.000 habitantes y una de 118, respectivamente. Muchas cárceles, gran cantidad de dinero invertido, elevada conciencia de que abordar la delincuencia sólo desde la perspectiva de la seguridad y la represión es realmente impropio del sistema democrático.

No obstante, ahí estamos, prácticamente encallados mientras se reconoce que la tasa de reincidencia al salir de la cárcel alcanza el 61%. Sabiendo, además, que la reclusión de una persona cuesta más de 30.000 euros anuales. ¿Acaso no sería más sensato emplearlos en proporcionar a esta persona educación y trabajo, en convertir su barrio en un lugar más habitable?

La opción elegida, no obstante, es la de construir más y más prisiones, internar a más y más gente, siendo la última novedad un Brians 2 dotado de servicios de primera.

Amén de los tradicionales talleres, biblioteca, enfermería, patio de recreo, aquí es posible gozar de una sala de estar, un gimnasio, una pista polideportiva y una piscina. Todo lo cual puede sonar a cachondeo, porque viene a resultar que los reclusos dispondrán entre rejas de aquello que la inmensa mayoría ni tan siquiera ha vislumbrado durante sus años de vida en libertad. Ahí es nada poder ir al gimnasio, lanzarse a nadar, practicar otros deportes, tener un salón donde charlar, todo esto cuando en la calle sólo han encontrado, y encontrarán cuando salgan, estrechez, suciedad, paro y camellos. Un somero escrutinio de los ingresados en prisión nos muestra que hay un 17% de iletrados, que un 34% son analfabetos funcionales, que un 56% padecen toxicomanías, que el 59% carecía de empleo cuando fueron encarcelados. Regresar al mundo exterior en semejantes condiciones después de disfrutar de un entorno tan cómodo, exceptuando la ausencia de libertad, constituirá un cambio traumático. En especial si se encuentran sin un euro en el bolsillo y sin un puesto de trabajo, que es lo que suele ocurrir.

Desde siempre corren anécdotas sobre reclusos que en cuanto han redimido su pena se sienten tan desvalidos y ajenos al espacio exterior que vuelven a delinquir para de nuevo hallar cobijo y un plato caliente. Si esto puede darse en las condiciones precarias y de hacinamiento usuales, ¿qué no ocurrirá al abandonar una cárcel de cinco estrellas? Por lo demás, otra pregunta que hacernos atañe a la envidia que los elegidos pueden despertar entre los relegados. ¿Por qué unos tan bien y otros tan mal?

Aunque la respuesta sea que el objetivo es edificar otras muchas prisiones de primera, la opción continuará siendo convencional y errónea. Inversiones para reprimir en lugar de inversiones para que haya menos delincuentes.