PRISMA

El 29 de enero de 1635, el cardenal de Richelieu, ministro del rey de Francia Luis XIII, fundó la llamada por antonomasia «Academia Francesa», que tenía como objetivo fijar la lengua, darle unas reglas, «hacerla pura y comprensible para todos, a fin de que pueda suceder a la griega y a la latina». El ejemplo fue seguido por las numerosas academias e institutos que vendrían después, en Francia y en Europa, para fiscalizar todas las artes y ajustarlas a sus criterios.

Los miembros fundadores de la Academia francesa fueron nueve, y ninguno de ellos escribió nada que la posteridad haya recordado; sí que son recordados y celebrados algunos de los escritores cuya candidatura fue rechazada por los académicos de la época: Molière y La Rochefoucauld, nada menos. En el siglo XVIII, los rechazados se llamaron J. J. Rousseau, Prévost, autor de Manon Lescaut, o Laclos, el autor de Las relaciones peligrosas; Voltaire tuvo que sufrir varias derrotas antes de ser aceptado, y Diderot no se dignó a solicitar su ingreso. En el siglo XIX fueron vetados Balzac, Stendhal, Baudelaire, Zola, y Verlaine, y ya en el siglo XX, Gide, Proust o Saint-John Perse. La mayoría de escritores se desinteresó del asunto. En este aspecto, Jules Renard, un escritor al que Josep Pla admiraba mucho, escribió: «Es más fácil entrar en la Academia que dejar de pensar en ello». Clémenceau fue más tajante: «Dadme 40 trous du cul y os daré una Academia».

Volvamos al Gran Siglo: en 1648, reinando en Francia la española Ana de Austria, se fundó la Académie royale de peinture et de sculpture, que más adelante pasó a llamarse Académie des Beaux Arts. Su primer director fue Charles Le Brun, recordado sobre todo como decorador del palacio de Versalles. Una de las funciones más notorias de esta Academia de Bellas Artes fue la de organizar una exposición periódica, llamada «el Salón» en la que se exhibía una selección de las pinturas más destacadas del momento. En 1673 se celebró el primer Salón, que más tarde se convirtió en anual y público. Las pinturas exhibidas, como es previsible, no solían ser muy buenas, ya que, por naturaleza, respondían a lo que más adelante será usado como un vituperio: el gusto académico. Sin embargo, algunas de las páginas más brillantes que se han escrito en francés sobre arte y pintura fueron concebidas en estos salones. Me refiero en concreto a las crónicas de Diderot en el siglo XVIII y a las de Baudelaire en el XIX, de las que suele decirse que son textos fundacionales de la crítica de arte moderna.

En 1863 tuvo lugar un acontecimiento que ha pasado a los anales del arte actual: los venerables miembros de la Académie dejaron fuera de su selección anual a una formidable pléyade de pintores que incluía a Edouard Manet, que presentaba nada menos que su Déjeuner sur l'herbe, Whistler, Fantin-Latour, Cézanne, o Pissarro.Los creadores de la pintura moderna, ni más ni menos. El escándalo que se montó fue tan mayúsculo que tuvo que intervenir el mismísimo emperador Napoleón III (que podía ser más o menos conservador, según le conviniera), para obligar a abrir un Salon des refusés (Salón de los rechazados), que contenía innegables bodrios junto a numerosas obras maestras. Zola se burló de ello en su novela en clave L' uvre.

Ya sé que la fábula habría quedado más bonita y actual si hubieran sido los propios refusés quienes hubiesen montado su salón sin ayuda de nadie, pero las cosas son como son, y así es como yo las cuento.

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