El camión de mudanzas frente al 10 de Downing Street, con el trajín de los enseres del primer ministro saliente para dejar paso a las pertenencias del premier entrante, ante la mirada de centenares de periodistas y, por extensión, de centenares de millones de personas en todo el mundo gracias a la televisión, tiene un fuerte componente de ejemplaridad. Esta mudanza a los ojos del mundo posee toda la carga de la expulsión del paraíso, de la futilidad del poder, de la transitoriedad de los cargos. Es posible que sea el anglicanismo de los británicos lo que haya empujado a convertir en liturgia pública un acto íntimo, ya que la religión anglicana incorpora la razón - ampliada a la experiencia cotidiana- como criterio de fe y ética. De todos modos, resulta modélico que quien en función de su mandato ha participado de todas las vanidades parta al final casi como un desahuciado de su residencia.
No debe de ser fácil, después de diez años viviendo en el corazón de Londres, hacer las maletas, recoger los marcos de plata, inventariar los muebles y despedirse del servicio. La prueba es que Margaret Thatcher llamó un domingo, a los pocos días de abandonar Downing Street, a Charles Powell, su colaborador más directo, no para preguntarle sobre la situación en el Ulster sino porque tenía un escape de agua. Powell le recomendó que buscara un fontanero y ella le confesó que no sabía cómo encontrar uno. Su colaborador le sugirió las páginas amarillas, pero la dama se desorientó y Powell tuvo que acabar por resolverle el problema. No será el caso de Blair, porque siente debilidad por el bricolaje. Además, Blair se ha llevado deberes, como esa misión imposible de mediador en Oriente Medio, así que durante un tiempo estará ocupado.
La mudanza a la vista forma parte de la liturgia del final de los mandatos en Gran Bretaña, pero no es ésa la única ceremonia de la jornada. Igualmente sorprendente ha sido ver la despedida del premier en los Comunes con toda la Cámara en pie aplaudiendo su última comparecencia. O el viaje en tren de Blair hasta su circunscripción de Sedgefield para despedirse personalmente de sus votantes. En unos momentos en que aquí los políticos se llenan la boca sobre la necesidad de reflexionar acerca de la democracia ante el desapego de los electores, haríamos bien en mirarnos en el espejo británico. Este sentido del fair play,del compromiso y de la liturgia nos hace envidiar sanamente un sistema que los británicos poco menos que inventaron y que en este país hemos copiado con demasiados borrones.

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