SEXO EN BCN

«Necesito un chupito de algo que lleve mucho alcohol, pero en vaso grande, de whisky». Así entró hace una semana en el bar de Montse, junto al despacho, una de las pilinguis de la casa de putas vecina. Montse le sirvió un vaso de orujo. «Más, pon más, con tan poco no hago nada», insistía Elpidia la dominicana, mujerona espléndida de opulentos pechos y dulce mirada. Ya lleno, agarró el vaso y salió a toda velocidad con las piernas algo separadas. A mí se me atragantó el café con leche. En la barra estábamos los habituales del desayuno. Todos nos miramos con gesto de extrañeza y nos quedamos con la intriga, porque Elpidia no apareció en todo ese día ni los cuatro siguientes. El lunes, por fin, entró en el bar con la sonrisa de quien ha hecho una buena caja.

-¿Tan mal te sentó el orujo? -le pregunté.

-Si te lo cuento no me lo crees -contestó-. La cosa es que vino Jaime. ¿Sabes el guapísimo ése que se lo hago de gratis porque me mola? Aquél que anda con un maletín negro y vende colonias de marca, joyas de plata, CD todo eso. Pues ése. Es tan guapo y me gusta tanto que no puedo pedirle guita. Además me echa colonia y de vez en cuando me regala una pulsera de ésas. Me dejan la piel más negra de como la tengo, pero yo me la pongo porque brilla cuando muevo la mano.

En ese momento entró una de sus compañeras, Amapola, y le dijo: «Niña Elpidia, que está ahí el mentas. ¿Qué le digo?». Elpidia se sobresaltó y contestó: «Hoy te lo meneas tú, niña. A mí todavía me duele el primo». Amapola se fue y Elpidia siguió contándome: «El otro día quería el orujo pá lavarme. El Jaime tomó un caramelo de menta de mi mesa de luz. Yo los había dejao allí porque con la calor s'habían vuelto blandos. Así es que al ponérselo en la boca se le llenó de menta la piñata y se le pegaron trozos de caramelo en los empastes. Total, que me pringó y me dejó el primo pringao y con un picor malo, malo. No podía parar de rascarme y ya me s'estaba hinchando y me s'había puesto todo encarnao. Me s'ocurrió que con alcohol s'acabaría el sulpicio. La cosa fue peor, porque si antes picaba, con el orujo casi me se cae. Me puse a botar como un balón y el Jaime pensaba que m'había vuelto majara. Tuvieron que llamar a l'ambulancia porque echaba fuego por ahí. En el hospital me pusieron desinfectantes y todo eso, y m'ingresaron tres días pá que no me lo tocara. Y como no podía usarlo, me quedé pá descansarlo. Mientras me s'olvida la picor, que se lo beneficie Amapola, que también le mola».

Desde ese acontecimiento, mis caramelos de menta descansan en la nevera.

anna.alos@yahoo.es

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