CANELA FINA
Ni oportunidad ni mucho menos oportunismo. Amos Oz ha sido vencedor, y de forma arrolladora, del Premio Príncipe de Asturias de las Letras sencillamente porque es un gran escritor, uno de los más brillantes y estremecedores del panorama de la literatura universal, hoy. Escribe en un idioma minoritario, el hebreo, y desde tres géneros literarios -el ensayo, la novela, el periodismo- ha construido una obra de profunda calidad.
Amos Klausner vivió siempre con las manos atadas por el nudo gordiano del Oriente Medio. Ha trabajado en un kibbutz. Combatió en la Guerra de los Seis Días y se bañó en la gloria del triunfo. También paladeó las mieles del Iom Kippur. Circunstancias familiares le aconsejaron instalarse en Judea. Anheló siempre la paz superadora de la tensión entre Israel y Palestina, que es, como en el verso lorquiano, una sangre sin fin que se derrama. La fractura generacional le apartó del hogar paterno. Hasta se cambió el apellido. La vida, en fin, le zurró el cuerpo y el alma hasta convertirle en un experto en fanatismos.
Su anhelo de paz hizo que los israelíes ultras le consideraran un traidor como el Profi protagonista de Una pantera en el sótano. El fanatismo islámico, por su parte, le señaló como un ser abominable. «No soy un pacifista en el sentido sentimental de la palabra -contestó a todos-. Nunca lucharía, prefiero ir a prisión, por más territorios. Nunca lucharía por un dormitorio de más para la nación. Nunca lucharía por lugares sagrados o por vistas a los Santos Lugares. Nunca lucharía por supuestos intereses nacionales. Pero lucharía y lucho como un demonio por la vida y por la libertad. Por nada más».
No conozco a Amos Oz, aunque estoy deseando hacerlo. He empujado su candidatura al Premio Príncipe de Asturias con todas mis fuerzas. Blanca Berasátegui, que cenó un día con él, aquí en España, me ha dicho que es un personaje sencillo y sugerente. De su autobiografía novelada, Una historia de amor y oscuridad, se desprende una personalidad independiente y atractiva. Su escritura es bellísima, a pesar de traducciones tantas veces inciertas. Su verdadero paisaje, el de la tierra y del alma, fue durante mucho tiempo «cuatro paredes repletas de libros». Amos Oz ha invitado a los muertos a pasear por las páginas de su obra literaria y, por eso, como Soren Kierkegaard, se impregna siempre del temor y el temblor.
Uno de los críticos que mejor le conoce considera a Oz discípulo de Chéjov. «Tanto en sus novelas como en la lucha política, Amos Oz apuesta por un tipo de desdichada contemporización chejoviana. No hay acuerdos felices. Un acuerdo feliz es una contradicción. Un oxímoron.»
Amos Oz, como en el verso de Quevedo, es hielo abrasador. Es fuego helado. Le tiembla a veces la escritura como en su gran novela Mi marido Mikhail. Se queda solo entre los fanatismos de la tierra santa, como en la aggadah que desarrolla en De repente en lo profundo del bosque. Pero nunca tirará de espada para cortar el nudo gordiano de la situación árabe israelí. Pretenderá siempre deshacerlo con la palabra en un esfuerzo desesperado, tal vez, inútil, en todo caso admirable.
Gracias, en fin, a la visión certera de Graciano García, que decidió internacionalizar los Premios Príncipe de Asturias, muchos lectores españoles se acercarán ahora a este escritor hebreo, desolado entre los fanatismos que le zarandean y que proyectaron su literatura hacia la fascinación del abismo.
Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.
© Mundinteractivos, S.A.

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