BULEVAR
Me acuesto el lunes con toda la calle engalanada de vallas y cintas de plástico. No se equivoquen: la verbena terminĂł hace dĂas (aunque los restos sigan todavĂa sin recoger y más de un despistado siga lanzando petardos por los balcones a riesgo de lesionar al pobre desgraciado que pasea por la calle); asĂ que las cintas no son guirnaldas. Se trata de un aviso a vehĂculos y transeĂşntes. Quieren las aceras despejadas porque se preparan para un rodaje. «Disculpen las molestias», rezan los letreros la mar de educados. Pero, pese a las buenas maneras, muchos no les harán ni caso.
Me levanto ayer por la mañana, las ventanas abiertas por los rigores del calor, al grito de «tres, dos, uno, acciĂłn». Y, en pijama, con la perra en los talones, me lanzo al balcĂłn a la caza de famosos. Ilusa. Y no sĂłlo porque con esos pelos y tales pintas poco podĂa cazar, sino que, además, quien grita no es el director sino uno de los tĂ©cnicos que se entretiene con un cono de tráfico haciendo las veces de megáfono.
Primera desilusiĂłn. Pero no hay que desesperar. Dicen que si la buscas la encuentras, asĂ que me atuso el pelo, me calzo unos pantalones y me lanzo a la calle, la perra como siempre en los talones, a la busca de emociones fuertes en un dĂa de rodaje.Junto al portal me han montado el chiringuito del desayuno. ¡QuĂ© detalle! Cruasanes de chocolate, cafĂ© caliente, batidos de chocolate y aguas a troche y moche. Como si fuera un control de avituallamiento en una larga carrera de maratĂłn. Disimulo y me entremezclo con los que desayunan: ¡Un cafĂ© me sabrĂa a gloria! No hay suerte.Yo me voy con el rabo entre las piernas y, en cambio, mi perra se relame los bigotes del cruasán que se acaba de zampar. A mĂ no me han hecho ni caso, pero ella se ha llevado unos cuantos mimos y un par de bocados.
Ni espero, ni desespero. TendrĂ© el estĂłmago vacĂo y la moral por los suelos, pero me he empeñado en saber quĂ© se cuece. AsĂ que continĂşo el paseo, no sea que me cruce con Woody Allen (SĂ.Ya sĂ© que han anunciado que el rodaje no empezará hasta el 9 de julio, pero -pienso- quizás se trate de una campaña de despiste para conseguirle el anonimato). Busco sus gafas, intuyo a un señor bajito, doy el esquinazo a unos cuantos tĂ©cnicos a ver si le pongo cara a mi presa. Y... no es Ă©l. Pero yo sigo intentándolo.
«¿QuĂ© estáis rodando?», le pregunto a otro de los tĂ©cnicos -los hay a decenas, no me extraña que luego los tĂtulos de crĂ©dito de cualquier filme sean tan largos- y me contesta con un lacĂłnico: «Una pelĂcula», como si yo no hubiera sido capaz de llegar a tal deducciĂłn. Sigo en mis trece: «Pero, ÂżquĂ© pelĂcula?». Y sĂłlo responde: «Una mierda de pelĂcula». Alto. Una mierda. Entonces no es Allen. Del gran señor de Manhattan nadie se atreverĂa a decir algo asĂ. Y, si no es Allen, si no está Bardem, si no puedo ver ni a PenĂ©lope ni a Scarlett, ÂżquĂ© hago yo a las ocho de la mañana con el disfraz de infiltrada de pacotilla? Mejor que me vuelva a mi casa y a mis cosas. Pero sigo sin desesperar: por lo menos, la aventura me ha librado de tener que volver a insistir en la polĂ©mica de Fráncfort.
© Mundinteractivos, S.A.

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