DECADENCIAS
Pocas veces ha dejado Gus van Sant de ser un cineasta explorador, un buscador de rutas, amante de la juventud. No sé por qué su ya penúltima película Last days (2005) nos llega con un año de retraso. Eso ni es moderno ni está bien. Porque además este Ultimos días no es un filme cualquiera. Es una gran película aunque no para paladares delicados.
Quizá por motivos de derechos autorales (¡menuda debe ser Courtney Love!) los dos últimos y, más o menos, ficticios días de Kurt Cobain -el ídolo grunge de Nirvana- se atribuyen a un antihéroe ficticio llamado Blake, que interpreta espléndidamente Michael Pitt -el chico mórbido, más hecho ya, de Soñadores, de Bertolucci-, y que se pasea medio zombi, casi en estado cataléptico, por una desportillada mansión entre bosques invernizos.
Alrededor de él (secundarios) zánganos y haraganes diversos, seres marginales que nada pueden o saben hacer por ese rey del rock, destruido por la desolación y los excesos, y que al fin se suicida -el hecho es lo de menos, lo sabemos desde el principio- cuando el atractivo ser rebelde no ve más salida. Tampoco se toca música de Nirvana sino del grupo que posee el propio Pitt y que se llama Pagoda. Pero todo es homenaje o sombra de Cobain, desde el cercano look del protagonista al estilo de música y vida.
El logro mayor de Van Sant: retransmitir en imágenes y sonidos el absoluto horror de la desolación y el acabamiento, el íntimo espanto de la autodestrucción, tras de la cual se adivinan drogas duras, pluritoxicomanía y 1.000 problemas personales bloqueados, desde el agobio del éxito a la falta de amor. Pero Van Sant no narra (otro mérito), sólo transmite, y muy bien, sensaciones feroces y anonadantes.
La película es impresionante y sobrecogedora, pero el director sabe que en la estética del rock, la juventud y su belleza -su morbo también- son un grado, y un cuerpo bello vuelve más brutal la caída. Por eso vemos casi desnudo a Black/Cobain, también con una combinación de mujer, aderezando esa ambigüedad de la que siempre presumieron los rockeros de veras, sin olvidar una breve escena de cama entre dos de los chicos que rodean, ganapanes, a la estrella evanescente, uno de ellos otro joven actor de culto, Lukas Haas...
¿No fueron siempre morbo, pasión y ruptura del límite los grandes pilares del rock and roll? Todo fulgura con brasa de cenizas en esta gran película de desconsuelo. La frase fue: «Muere joven y dejarás un cadáver hermoso». Jim Morrison ya estaba muy pasado cuando la cumplió, pero es un mito. River Phoenix (amigo personal de Van Sant) la siguió al pie de la letra, pero ignoramos si con entera voluntariedad, en cuanto a Cobain parece que llegó a la terrible belleza de la nada, al espantoso sabor de la aniquilación (el verdadero tema de la película) por embrollo total. No hay juicio. No somos quién. Sólo esa apabullante retrasmisión del dolor en directo, en un mundo que se quiere en navegación de altura y lejos de la vulgaridad familiar. Gran película. Abstenerse timoratos y padres de familia numerosa.
© Mundinteractivos, S.A.

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