A CONTRAPELO

Los españoles dedicamos, según últimos datos, más del 25% de nuestros ingresos mensuales a financiar la segunda vivienda. Es todo muy raro aquí: faltan viviendas y sobran viviendas, unos no disponen de la primera y otros, que no son pocos, van por la segunda.

Esa segunda vivienda -no se puede negar- es la responsable de la destrucción del paisaje, de las costas, del ecosistema. De casi todo. No es una necesidad, pero es mortal de necesidad. Es la responsable de buena parte del ladrillazo y de la corrupción urbanística. Levanta con grúas la economía del país y hunde con hipotecas la economía familiar.

Hunde también a la familia. Recién se había consolidado el fin de semana -segunda parte de la semana- como potencial método para distraerse de la familia, para respirar de los tuyos -que, al mismo tiempo, son los que te sojuzgan- y, con la bobada de la segunda vivienda, en lugar de tomarte unas discretas vacaciones de la pareja y de los hijos, el personal se vuelve a encerrar con ellos en un espacio, si te descuidas, más estrecho. Y, en el verano, no digamos: en vez de andar cada uno por un extremo del mundo respirando a pleno pulmón, Guantánamo familiar de varias semanas en la segunda vivienda. Un desastre.

Habrá de todo, pero basta ver las urbanizaciones de las playas y de las montañas para comprender que las segundas viviendas son una horterada, en su concepto y en su materialización. Hay segundas viviendas magníficas, pero, por lo general, son propiedad de los que disponen también de una tercera y una cuarta. La segunda vivienda suele ser, por lo común, una aglomeración de chichinabo con la que unos pocos listos se hacen ricos a base de que muchos tontos se hagan más pobres.

Y ya todo viene rodado. La segunda vivienda desencadena el segundo matrimonio y la segunda familia. Al principio, parece que no. Al principio, la segunda vivienda cohesiona forzadamente a la pareja y a la familia en torno a la lumbre de la ardiente y quemante hipoteca. Pero, pasado el período de pánico conservador, cuando aquello verdaderamente no hay quien lo aguante, llega la ruptura matrimonial y familiar, y la gente, como es así, se acaba casando por segunda vez y apechugando con la segunda familia -que puede ser doble-, y así sucesivamente.

Ese momento puede perfectamente coincidir con el segundo trabajo, simultáneo o sucesivo, sea porque el primero no da para pagar la segunda vivienda y hay que buscar otro mejor remunerado, sea porque hay que pluriemplearse en dos, sea porque la mujer -criado el hijo único- se convierte en la segunda persona que ha de trabajar fuera de casa, lo que facilita a ambos cónyuges -no se puede negar- el encuentro con la segunda pareja y determina la ineludible conveniencia de adquirir el segundo coche, lo cual hunde definitivamente todo lo hundible, aunque, eso sí, retrasa sine die el nacimiento del segundo hijo, que, en todo caso, es responsabilidad de la asistenta marroquí o ecuatoriana, la cual no tiene segunda vivienda y, a veces, ni primera. Siempre queda la segunda televisión para olvidar.

© Mundinteractivos, S.A.