AQUI NO HAY PLAYA
«Esto del orgullo gay es como el día de la mujer trabajadora», me dice el peatón. «Pero aún le queda un trecho para que se normalice y se convierta en algo similar al día de la Madre». Qué me está usted contando, le respondo, ¿qué llegará un día en que los grandes almacenes harán campañas de publicidad, tipo «¡Qué fuerte es ser gay!»? ¿Qué se convertirá, acaso, en una prolongación del carnaval, en un acto festivo del que participara toda la ciudadanía? «Más o menos -asiente el peatón-. De hecho, ya está siendo así desde hace unos años y son muchos los heterosexuales que se apuntan sin dudar a esta juerga tan colorista y alegre, pero como usted vive enclaustrado y de espaldas a la realidad, pues no se entera». ¡Cómo que no me entero! -me defiendo- Se calcula que alrededor de dos millones de homosexuales vendrán a Madrid y que nuestra ciudad se convertira en la capital del mundo gay durante una semana. «O sea, como los Sanfermines, pero con pañuelo rosa», viborea el peatón. Dígalo usted como quiera, pero ésas son las previsiones. La legislación española al respecto es ahora mismo de las más avanzadas que hay en el mundo y por eso Madrid toma el relevo de Londres, donde se celebró el año pasado. Lo que hay que comprobar es si esas leyes tienen un reflejo efectivo en la sociedad y si estas jornadas transcurren en un clima de tolerancia y normalidad absolutas, que sería lo deseable. Aún hay mucha homofobia latente.
«Pues yo homófobo no soy, pero un poco locófobo, sí», replica el peatón. «Desde el glorioso Batallón sagrado de Tebas -compuesto por 150 parejas de amantes- hasta nuestros días, la homosexualidad no ha sido un impedimento para que las personas ofrecieran a la humanidad lo mejor de sí mismas. Ocioso es recordarle los infinitos ejemplos que nos brinda la Historia. Por tanto, esta opción sexual me parece tan válida como cualquier otra». Bien -le palmeo- siga arreglándolo, por favor. «El caso es que al mismo tiempo, instintivamente, me disgusta esa exhibición provocadora de algunos homosexuales, que parece que no pueden serlo si no se ponen en pelota picada, calzan plataformas de 40 centímetros y chillan como novicias a punto de ser violadas».
Son los menos -le arguyo-. La gran mayoría es silenciosa y responsable. Son los que le han cambiado la cara a Chueca, los que trabajan cada día sin impostar la voz ni ocultar lo que sienten. Fíjese que el Ayuntamiento ha subvencionado este evento con 100.000 euros. «¡Caramba! ¿Y qué dice la Conferencia Episcopal de esto? ¿Sabe usted si también van a manifestarse?» Pues de momento no han dicho nada -le contesto-. Pero igual, un tirón de orejas sí se lleva alguno. «Lo dudo -ha concluido el peatón-. No creo que nadie proteste. Al fin y al cabo, que esta celebración coincida con el fin del plazo para pagar a Hacienda, es de lo más natural».
© Mundinteractivos, S.A.

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