INFRALEVES
La gran exposición de Luis Gordillo en el Museo Reina Sofía es una auténtica fiesta para los sentidos y el intelecto. Caminante solitario, prefiriendo ser él mismo el comisario de su muestra, abierto una vez más al riesgo, como en tantas ocasiones, Gordillo ha trazado una pirueta de sentido quitando solemnidad a la presentación de su obra en el museo.
Nada menos que Luis Gordillo, ese artista de una pieza, capaz de tejer una tela de araña con su pintura, en la que las pretendidas imágenes compactas del yo y la supuesta realidad quedan impregnadas, disolviéndose luego poco a poco en filamentos y meandros. Pintura de precisión, podríamos decir, la de Gordillo, que repite obsesivamente el motivo del laberinto: el trazado sinuoso donde aparece el tesoro al que nunca llegaremos, esa distancia incolmable entre realidad y deseo.
Lo interesante de esta exposición es que, si alguien va buscando una retrospectiva, no la va a encontrar. Gordillo deja claro que él es un artista vivo, y por eso mezcla y articula distintos momentos de su trayectoria creativa en una propuesta que supone todo un ejercicio de despojamiento. «De la vaporización y de la centralización del yo. Todo está ahí», escribía Charles Baudelaire en Mi corazón al desnudo. Gordillo tacha la imagen, la cuestiona y se cuestiona desde un sentido del humor nunca autocomplaciente o corrosivo, casi siempre estoico. Cuando se problematiza tan intensamente el yo, tanto el íntimo como el social, es inevitable que la dualidad aparezca una vez y otra: yo soy porque me doblo, porque me reflejo.
Sólo dos cosas, mínimas, en el montaje, no me han convencido en esta muestra ejemplar: los neones que parpadean y la moqueta que reproduce fragmentos de azulejo. Son opciones de riesgo, qué duda cabe. Pero no me convencen. Para qué introducir un punto de artificio en una propuesta que, al tiempo que nos deja ver de manera incisiva la intensidad de la obra de uno de los más grandes artistas de hoy, cuestiona el modo más común: historicista, cronologista, banal en suma, de presentar las exposiciones de arte. Deténganse en el intenso ejercicio de lucidez que Gordillo plantea: los muros empapelados con la imagen serialmente reproducida de un Peter Sellers camino de ninguna parte, los cuadros ya no colgados, sino simplemente colocados en el suelo delante de las impresiones digitales de gran formato. Aquí está el grado último de síntesis: la comprensión del estado de la pintura en la época de la reproducción sin límites de la imagen. Contrapuesta, superpuesta, en diálogo, en fractura. Nunca sola. Con nosotros. Esta grande, irrepetible emoción de caminar con Luis Gordillo por los laberintos de la imagen de nuestro tiempo.
© Mundinteractivos, S.A.

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