Quienes primero fueron públicamente gays en la España contemporánea esencialmente fuimos escritores. Por otro lado (y con muy escasa comunicación al inicio), militantes de asociaciones gays y lésbicas fueron quienes más lucharon por conseguir casi todo lo hoy conseguido: derechos civiles, laicismo, dignidad y libertad. Con todo -y porque la cultura parecía contar muy poco para esos ilustres luchadores-, el mundo gay español, guiado oficialmente por quienes encabezaron la lucha por esos derechos, padece un claro déficit de cultura. El gay o la lesbiana más comprometidos han sido -sálvense las excepciones pertinentes- poco cultos, de ahí que el Europride suene más a bullanga festivalera (y está muy bien) y suene poco a evento de cultura. Ambas cosas son -deben ser- compatibles, pero, hoy por hoy, nuestro oficialismo gay posee un exceso de manifestaciones frívolas y discotequeras y una más que visible carencia no ya cultural, sino de pensamiento, de debate ideológico; de ilustración, en suma. A mi entender, es el gran drama de nuestro orbe gay: conseguidos casi todos los derechos civiles (que hay que luchar por mantener), la militancia pura parece estar en un impasse y, obviamente, precisa de renovación. Mientras, la banalidad (que a ratos está muy bien) se enseñorea de un ámbito que está horro de manifestaciones y nivel cultural, y, por supuesto, de serio y concienzudo debate de ideas y proyectos. ¿Hacia dónde va el poco culto mundo gay español? De momento, de farra celebratoria, y bien está. Pero precisamos más visible saber y menos visible petardeo.
© Mundinteractivos, S.A.

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