PRINCIPE DE ASTURIAS DE LAS LETRAS

No es alto. Su mirada, aguda y sagaz, se esconde tras unas gafas que lleva siempre consigo colgando de un cordel. Viste siempre de manera sencilla, de azul marino y gris. Es un hombre tranquilo cuyas manos, grandes, han conducido tractores en el kibbutz de Hulda. Su sonrisa es generosa y pacífica, es la de alguien que sabe cuánto cuesta ganarse la vida. Vive en Arad y de su casa siempre me menciona su jardín, extraído gota a gota de la tierra del desierto.

Amante de la buena mesa y del buen vino, Amos es un gran conversador y, si se tiene la suerte de compartir una comida con él, se nota que disfruta en igual medida de los manjares y de la compañía. Desde que lo conocí, en 1998, en la presentación en Madrid de No digas noche, hasta hoy la vida me ha regalado muchos encuentros con él. Y digo regalado porque de una conversación con Amos Oz nadie sale igual. Su sentido del humor es único. Le encanta contar chistes y anécdotas, como a todo sabio, y se ríe de todo, porque sin ironía y optimismo, dice, no se puede mirar al futuro sin miedo. Pertenece a una cultura basada en la narración, desde el principio, donde recordar es narrar. Y Amos cuenta historias particulares y sostiene que lo más local es siempre lo más universal: es un artesano del relato.

Amos Oz no corre nunca detrás de un taxi. Él suele decir: «No merece la pena correr detrás de uno: los taxis, como todo en la vida, pasan muy a menudo. Si pierdes uno, antes o después llegará el tuyo. Espera».

Amos Oz se emociona como un niño, porque todavía vive en él el niño que muchos escritores -y no escritores- han matado. Como aquella vez en Barcelona, en septiembre de 2004. Acababa de ganar el Premio Internacional Catalunya y la cena de celebración coincidió con la Rosh Hashaná, es decir, la Nochevieja judía. ¿Qué podía hacer para que la lejanía de su familia y de sus tradiciones fuera menos dolorosa? Procuramos que Amos encontrara en la mesa, al llegar, un platito de manzana cortada en barquitos y un cuenco de miel, que es lo que se toma en estas ocasiones. Amos Oz se emociona con los detalles. Y su obra está llena de ellos. De pequeñas cosas que agigantan su escritura.

En 2005, ccoincidiendo con la 42ª Feria de Jerusalén, nos citamos con sus editores internacionales en Mishkenot Sha'a-nanim, en la residencia de escritores de Jerusalén. Estábamos organizando el lanzamiento de De repente en lo profundo del bosque. Fue el desayuno más esperado de mi vida, yo sabía que, después, ocurriría algo especial: un paseo con él y con su esposa Nilli por la Ciudad Vieja. Cuando empezamos a caminar, apenas habló. Cogió mi mano derecha, la apoyó contra la piedra de una casa y me dijo: «No hace falta explicar nada. Siente la piedra y sentirás latir el corazón de la Historia». Tenía razón. Las piedras hablan. Y nosotros hablamos con el silencio, que es lo mejor que se puede hacer cuando se está delante de la belleza, para escuchar las emociones.

La literatura de Amos Oz está llena de sensaciones. Sensaciones e imágenes, expresiones de esa alquimia tan peculiar de él que es la conjunción perfecta entre cabeza y corazón. Corazón sabio y razonamiento talmúdico, abierto. Sus historias no terminan, quedan «suspendidas» hacia un después... Y al niño que le pregunta finalmente cuántos son los árboles de la Aggadah la parábola de De repente en lo profundo del bosque, Amos contesta con una sonrisa: «¿Ocho o nueve? No importa saberlo. A veces son ocho, otras nueve. No siempre es posible definir con certeza lo que vemos. Lo importante es ver. No existe una única verdad». Cierto. Y tal vez en esta indefinición resida la verdadera poesía.

¡Lehayim, Amos! Un brindis: Por la vida, o mejor dicho, por las vidas, porque en hebreo es plural, como me has enseñado. Un brindis al plural, por este merecidísimo premio, por los ya recibidos, y por los que todavía te quedan por ganar.

Silvia Meucci es directora literaria de Ediciones Siruela, que ha publicado la mayor parte de los libros de Amos Oz.

© Mundinteractivos, S.A.