DESDE EL GUINDO
La conversión de Blair me ha devuelto al túnel del tiempo, ese lugar con telarañas que algunos asocian a la nostalgia. Cuánto habré sufrido yo por los infieles que no estaban bautizados ni tenían un ángel de la guarda propio. Lo evoco ahora y me viene a la memoria un regusto como de haber comido altramuces. En aquella época sufría por los negritos con cara de hucha y por los chinitos que no tenían la suerte de creer en la religión verdadera. Las canciones que me enseñaban entonces eran premonitorias del mundo que luego nos ha caído encima. Una de mis favoritas, ideal para corazones masoquistas, decía así: «En Cádiz hay una niña que Catalina se llama, ay sí, que Catalina se llama. Su padre era un perro moro, su madre una renegada, ay sí, su madre una renegada». Cómo no iba a sufrir, pobre de mí. Aquello era un dramón de tres pares de narices: su padre, un perro moro y su madre, una renegada. Qué mala baba.
Mientras yo cantaba aquellas morbosas canciones se celebraron elecciones presidenciales en Estados Unidos y mi compañera de pupitre me hizo saber que uno de los aspirantes era católico (o sea, bueno) y otro protestante (o sea, malo). Ganó el bueno porque tenía a Dios de su lado, y mi compañera y yo lo celebramos con brincos y más cánticos. El aspirante se llamaba John F. Kennedy, pero eso lo supe más tarde.
En aquel momento sólo sabía que era católico y, por tanto, digno de ganarse el cielo y la Presidencia de Estados Unidos.
Desconozco cuáles son las razones que llevan a Tony Blair a convertirse al catolicismo. Probablemente se ha caído del caballo, como Saulo, y el tortazo le ha hecho cambiar de opinión. A veces basta un chichón en el cristal del ascensor para que te hagas de derechas o comprendas que tu matrimonio es un fracaso. Tony Blair reacciona, que no es poco. En eso lleva ventaja sobre otros que también cometieron errores y no supieron reconocerlos. Tal vez convertirse no sirve de gran cosa, pero es una forma de claudicar. Los que ya están convertidos lo tienen más crudo. Ellos dan giros de 360º para quedarse siempre en el mismo sitio. Véase el marido de Ana Botella.
Bien mirado, debe de ser un coñazo vivir en una familia donde cada uno tira por su lado, reza una oración de distinto signo y celebra la navidad de diferente manera. Me pega que la señora Blair, ahora que abandona Downing Street, ha decidido poner orden en sus armarios y en su vida. Para eso es muy importante ir todos juntos a misa.
© Mundinteractivos, S.A.

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