Me llamo Sílvia Tarragona, soy periodista, o eso creo... y estoy crispada... Así me presento, tal cual, no perdamos el tiempo, que el suyo y el mío, para qué nos vamos a engañar, es oro. No busquen en este artículo el perfil de una mujer que cada cierto tiempo, irrumpirá en sus pantallas, para aconsejarles restaurantes, hoteles con encanto, boutiques de lo más "cool", sólo aptas para personas que están centradas, que saben lo que quieren, que tienen un todo terreno, que van al balneario, que practican tai-chi, que quedan con las amigas. No, no, no, lo siento, cómo decia esa gran poeta que es Mari Trini, ya ven que referencias tengo... "esa no soy yo".
En realidad, soy una mujer relativamente joven, aún no he llegado a los 40. En cambio, esa dama que es Nicole Kidman ya los ha sobrepasado y para celebrarlo, se adelanta al dios Cronos y invita a sus 15.0000 mejores amigos para festejar el último fins de semana con 39. Pese a mi temprana edad, cómo les decía a veces mi estado de enjenación mental, ya me van a perdonar, me hace ser una poco carpetovetónica. Soy profundamente antisocial, de hecho se me esta quedando la cara cómo a Mrs Allen, que me parece que se debe estar arrepintiendo de venir a rodar en Barcelona, cómo decia el otro día mi admirado Manuel Trallero. Yo creo que ya está convencido que somos una sociedad extraña, pegada a un teléfono movil con cámara. Quizás podría entender su situación el desgraciademente desaparecido "copito de nieve".
Bien, a lo que íbamos. Las personas en general me ponen nerviosa, aunque debería decir que un prototipo muy concreto "las bobas" -que palabra más bonita y que poco se utiliza, claro cómo Raquel Mosquera no la conjuga, algunos no deben saber ni que existe-.
Estaba yo el otro día en la peluquería, que no salón de belleza -hace 20 años que mi pelo indomable como yo, sólo lo manipula Mireia-. Bien, estaba yo con la cabeza envuelta en papel de plata, cual bocata de chopped, con esa cara de haber sido embestida por una tropa de gatos en celo, enfrascada en mis más bajos instintos, que... zas ¡¡¡de golpe y porrazo, entra una niña, que parecía una de las protagonistas de "pequeña miss sunshine" -qué peliculón, no se la pierdan- Bien, la querubina tendría 7 u 8 años e iba vestida como si fuera la versión enana de Mar Flores. La madre para que les voy a contar, un cruce entre Ana Garcia Obrtegón y Norma Duval. Tal fue el impacto que desperté de mi viaje astral. Pero lo peor viene ahora. La progenitora espeta a mi amiga: "Mireia le puedes hacer a Jenniffer las coletas, es que hoy tiene el festival de gimnasia rítmica en el colegio...".
¡¡Las COLETAS, por dios bendito!! Hasta yo que soy lo más torpe del mundo sabría hacerlo. No hace falta ser ingeniero de canales, caminos y puertos para hacerlo. Yo con esa mirada que tengo, la escruté y recordé que el momento más dulce de mi infancia, que no se torturen, fue inmensamente feliz, era cuando mi madre me acariciaba el pelo, lo peinaba y me hacía la mejor cola de caballo de las Dominicas de Horta.
Y pensaba en todo eso mientas Jenniffer de todos los santos, subía con su pequeño cuerpo a una silla grande, y con profunda resignación dejaba que una desconocida la peinara, en una de las primeras citas importantes de la vida. La madre, mientras tanto con su móvil de última generación, quedaba con las amigas para ir al solarium. Ni tan sólo colgó cuando la niña le dijo: "Mamá, mírame, ¿verdad que estoy guapa?". A lo que ella contestó, sin mirarla: "Sí, sí. Pero vamos que todavía tenemos que pasar por casa de la yaya, para que te vista". Yo no soy madre, pero lo que hacía ella, lo hacía yo a los 7 u 8 años con mis Nancys.

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