TRIGÉSIMO ANIVERSARIO DEL PRÓLOGO DE LA TRANSICIÓN EN CATALUNYA
Adolfo Suárez, presidente del Gobierno español, no estaba dispuesto a restablecer la Generalitat de Catalunya, abolida por Franco el 6 de abril de 1938. Josep Tarradellas, presidente en el exilio de la institución catalana, exigía ese restablecimiento. Todo lo demás resultaba circunstancial y podría negociarse más tarde, pero el desencuentro era radical y absoluto. Era el 27 de junio de 1977 y ambos políticos se veían las caras por primera vez en sus vidas.
"Todo ha ido muy bien", declaró escueto Tarradellas, al salir de aquella primera entrevista, celebrada en la Moncloa, ante una excitada tropilla de periodistas. En realidad, la conversación había terminado en el más completo desacuerdo y bien podría hablarse de fracaso total. Dos días más tarde, Tarradellas fue recibido por el rey Juan Carlos y 48 horas después se hizo público que se había alcanzado un acuerdo.
Fueron días trascendentales en el proceso de transición política, de la dictadura a la democracia, que se desarrollaba hace ahora 30 años. La siempre espinosa cuestión catalana se jugó a cartas decisivas en aquellas negociaciones. Todo lo ocurrido después, incluida la actual forma del Estado de las autonomías, tiene una de sus raíces más profundas en aquellos encuentros.
La correcta valoración de las fuerzas en presencia, la adecuada identificación de las cuestiones fundamentales y el marcado realismo de los principales protagonistas de aquellas negociaciones resultaron decisivos.
En su soledad del exilio, Tarradellas simbolizaba el ADN de una institución republicana que debía clonarse en un cuerpo monárquico, todavía juvenil, para aspirar a la completa reimplantación de un sistema democrático. Pura ingeniería genética, desarrollada en un quirófano político, apenas dotado del instrumental necesario.
Las primeras elecciones generales se habían celebrado el 15 de junio de 1977. En Catalunya el triunfo de las izquierdas - socialistas (28,5%) y comunistas (18,3%)- había superado largamente al centroderecha de nuevo cuño (UCD, 16,9%) y a los nacionalistas del Pacte Democràtic (16,8%).
Los resultados habían sido bien distintos en el resto del Estado, donde UCD se impuso con claridad (34,4%), seguido por PSOE (29,3%) y PCE (9,33%), mientras la derecha franquista quedaba recluida en un escuálido 8,2%.
La correlación de fuerzas era palmaria, y la necesidad de incorporar la histórica reivindicación catalanista al esquema político del naciente Estado resultaba imposible de obviar. Más allá de la confrontación ideológica entre derechas e izquierdas, la cuestión se definía en aquel momento como una dialéctica entre Estado centralizado o descentralizado, y no sólo en lo administrativo. Suárez lo comprendió perfectamente y Tarradellas desempeñó el papel ensayado durante 40 años.

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