TRIGÉSIMO ANIVERSARIO DEL PRÓLOGO DE LA TRANSICIÓN EN CATALUNYA

El encuentro Adolfo Suárez-Josep Tarradellas se preparó en bien guardado secreto. Cuando en el mismo utilitario conducido por un policía de paisano que nos había esperado en Barajas - allí se elaboró un pasaporte en regla para Tarradellas- llegamos a la Moncloa, no había ningún periodista a la vista. Después de las presentaciones de rigor, salí del despacho del presidente para reunirme, en la antecámara, con Rodolfo Martín Villa y otros colaboradores de Suárez. Cuando, al cabo de un tiempo, salió Tarradellas, me dispuse a acompañarle de nuevo. Un grupo de periodistas - esta vez sí-, antes de trasponer el umbral de la Moncloa, preguntaron a Tarradellas sobre lo tratado en la entrevista. Tarradellas se limitó a contestar: "Ha sido una primera toma de contacto. Un diálogo muy constructivo". Acomodados en el pequeño coche, le pregunté:

"¿Entonces todo ha ido muy bien?". Muy serio me respondió: "Todo lo contrario. A lo que él ha dicho sí, yo le he contestado que no y a lo que yo he dicho sí, él ha respondido no. Pasado mañana nos volvemos a París". Sin embargo, Tarradellas se había guardado una carta en la faja. Lo supo Suárez cuando, ante su sorpresa, le dijeron que Tarradellas, al salir, había dado a los periodistas impresiones positivas.

Una aparente ruptura propia de una negociación difícil. Había que recomponerla. Al día siguiente enhebramos de nuevo la aguja con Martín Villa y Manuel Ortínez, que estaba en París con Tarradellas cuando desde Barcelona fui a buscarle en el avión propiedad de Olarra. Se montó una segunda entrevista. A ésta sí asistí porque Adolfo Suárez me retuvo. Tarradellas insistió en que no podía ir a Barcelona sin ser presidente, y fue entonces cuando surgió la posibilidad de una "provisionalidad". Suárez: "Usted dice que no me pide nada y me lo pide todo". Tarradellas: "No le pido nada porque presidente ya lo soy". En un momento de la conversación Suárez le dijo: "Usted no se da cuenta de las dificultades. En otra estancia de la Moncloa hay unos representantes del Alto Estado Mayor que han venido a preguntar qué hace usted en Madrid". A Tarradellas le impresionó la noticia, pero no cedió a la oferta de ir a Barcelona como "futuro" presidente. Se lo jugaba todo en aquella carta. Finalmente se redactó un comunicado - Tarradellas lo llamó protocolo- en el que se hablaba de unos acuerdos con el "honorable". Luego, la visita a la Zarzuela. El Rey, al entrar, no le llamó presidente sino "don José" y me hizo quedar en la entrevista. Al final de ella dejó salir a Tarradellas y a mí me retuvo para decirme que no le regateaba su presidencia, sino que todavía no podía llamarle más que don José y que así se lo dijera. A Tarradellas poco le importó...

Durante la entrevista, Tarradellas dijo que él era republicano pero que nunca, en el exilio, quiso formar parte del Gobierno de la República para tener las manos libres llegada la ocasión. La conversación con el Rey fue muy fácil porque en realidad los acuerdos se habían tomado en la Moncloa. Faltaba el espaldarazo del Rey.

Antes de volver a París y en el mismo Madrid, Tarradellas se entrevistó con líderes de los partidos catalanes y les ofreció ser consellers de la Generalitat provisional, que iba a tener casi tres años de vida porque la "nueva" tenía que surgir de la Constitución, de su ley orgánica, el Estatut de Catalunya, de las elecciones autonómicas y del Parlament, del cual debía salir su sucesor. Tarradellas convenció a los líderes elegidos en Catalunya para que formaran parte de su Consell. Con trámites un poco prolijos, con varios viajes a París, se pudo establecer un Govern del cual formaban parte los cabezas de lista de las elecciones catalanas de junio de 1977. A falta de parlamento catalán, contaba el hecho de ser elegidos para el Congreso de los Diputados. En aquel momento eran los únicos elegidos por el pueblo. Esta forma democrática y no mi intervención en la traída de Tarradellas, como algunos han creído, hizo que fuera uno de los consellers.