ATAQUE A LA MISIÓN ESPAÑOLA
Paracuellos es, para los hijos del Cola Cao, patria de un hogar para niños del Auxilio Social que Carlos Giménez inmortalizó en el cómic más español -yunta de humor y miseria- de cuantos se han reeditado ahora que el tebeo se llama novela gráfica. Paracuellos, sede de la brigada paracaidista y ayer doliente escenario de la despedida, es para una generación anterior topónimo de la guerra, del revisionismo y de su antítesis, la memoria histórica -valga la redundancia-. Algo de todo eso planeaba ayer bajo el cenital sol de mediodía que machacó el funeral. Paracuellos, batalla y revancha.
En carpas enfrentadas, autoridades y familiares se contemplaban. Signo de los tiempos, el duelo y el luto no compartían la misma sombra. Los políticos se ceñían al indumento oscuro, salpicado por el caqui de los uniformes. Al otro lado, el dolor era patente, pero el atavío, más libre: jóvenes las víctimas, así sus amigos y hermanos y, por ende, camisetas rojas, azules, de tirantes, a rayas... Una España dolida, multiétnica y contemporánea. Y, a ratos, furiosa o enfurecida, voz activa o pasiva: "¡Inhibidores para nuestros niños!".
Los gritos de desgarro de la madrugada en Torrejón no se repitieron en Paracuellos. La extenuación, tal vez, ayudó a que el parsimonioso pésame de los Príncipes fuera un silencio, roto sólo por el sordo tableteo de las cámaras digitales. Y un solo llanto.
El arzobispo castrense, prudente, sólo se permitió un desliz al color con unas palabras de Juan XXIII a los paracaidistas: "Vosotros que tantas veces habéis bajado del cielo...". De modo que la emoción, emancipada del oficio funerario, quedó para el acto militar. Las voces atronadoras de los soldados estremecieron el patio de armas del cuartel de la Bripac, presidido por la estatua de un almogávar, tropa de incursión en tierra enemiga al grito de "Desperta ferro". Las notas de La muerte no es el final, el himno de Infantería y el recitado del ideario paracaidista quebraron la contención. La reciedumbre emocional de los uniformados sonó a llano y a risco, como el paisaje del Jarama, a bravura épica, tolkieniana: "¡Coraje, despierta! ¡Ahora, por ira, holocausto y rojo amanecer!". Voz ancestral en un habla pretérita, trasnochada y grave, como la ocasión. Arrasado el patio por tal estoicismo, quedó desnuda la frivolidad de la carpa enlutada: los políticos se miraban los zapatos. Memoria histórica, revisionismo, parecían cavilar, intención de voto, sondeos. Martillaba el aire cálido una literatura de ardor fúnebre, de héroe fundador de patrias imposibles. Casi podía oírse la contundencia de la epopeya novelesca: "Pudiera llegar el día en que una hora de lobos y escudos rotos rubricaran la consumación de los hombres". Y a la sombra, cálculo electoral.

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