Escribía el Sr. Escudier el pasado sábado aquí una encendida columna en la que venía a poner a los Obispos españoles como chupa de dómine. Por resumir, digamos que bajo el título La moral de los señores de los anillos, los presentaba como la personificación de todos los males sin mezcla de bien alguno.

¿Qué era lo que había desatado tan sarcástica indignación? Pues era, como es de rigor, el llamamiento episcopal a oponerse a la implantación de la ‘Educación para la Ciudadanía’ en la mente y el corazón de todo españolito en fase de maduración.

Su desproporcionada reacción al llamamiento de los Obispos, sinceramente, me parece la prueba evidente de que la verdad molesta. Señala al tiempo cuál es la única Institución verdaderamente libre que aún se atreve a romper el ensordecedor silencio sobre lo esencial en que vivimos, señalando lo que cree que daña al hombre, y lo que, por el contrario, lo dignifica.

La denuncia de los Obispos, además, no hace sino poner voz a los muchos miles de padres que asistimos indignados a la última y ya maquiavélica iniciativa de este gobierno patológicamente intervencionista: tras legislar contra la mitad de España y a favor de exiguas minorías; tras corromper la vida pública, degenerando nuestra débil democracia con el mangoneo de instituciones, organismos públicos, empresas privadas y poderes del Estado; tras arrastrarse en vergonzante cesión ante quienes buscan liquidar España, era necesario ir más allá. Faltaba algo sin lo cual todo lo anterior nunca iba a resultar suficiente; faltaba el paso decisivo de este gobierno duro con los débiles y débil ante los fuertes. Faltaba infiltrarse en el individuo mismo, apoderarse del interior de las personas.

Qué mejor para ello que echar mano de los niños. El Estado quiere erigirse en educador de sus conciencias, de sus corazones, de sus mentes, para que mañana agachen la cabeza cuando el dios-estado les dicte qué es lo bueno y qué es lo malo. El Estado progresista, la ‘democracia avanzada’ es la nueva religión, y ¡ay de aquél que se niegue a aceptarla! Será considerado subversivo y condenado a la muerte civil...

Pero volvamos al título elegido por el Sr. Escudier. Obviamente, invitaba a pensar, no ya en los Obispos, sino en la obra El Señor de los Anillos de JRR Tolkien. Y la verdad, le alabamos la puntería. No podía haber traído a colación ninguna otra obra que viniera más a cuento de la nueva asignatura de ‘Educación para la Ciudadanía’.

Recordarán que, en El Señor de los Anillos, Saurón, el Señor Oscuro, engaña a los elfos y les convence para que forjen siete ‘anillos de poder’, para luego él, a escondidas, forjar el ‘Anillo Único’. ¿Se acuerdan de lo que decía la inscripción en el ‘Anillo Único’? Copiémoslo aquí, por si acaso: “Un Anillo para gobernarlos a todos, un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos a las tinieblas”…

Tiene toda la pinta de que con ‘Educación para la Ciudadanía’, el gobierno está forjando su ‘Anillo Único’. En ella está poniendo mucho de lo que sustenta su propio poder: relativismo a ultranza, oportunismo a tope, engaño a fondo, entre otras joyas. Y lo hace con la confianza de que con su ‘Anillo Único’ podrá controlar todos los demás ‘anillos de poder’, y así eternizarse en él… De momento, no se puede negar que con la ‘Educación para la Ciudadanía’ ZP se erige descaradamente en señor de la moral en España. ¿No es esto hacer de esta asignatura su ‘Anillo Único’?

¿Exageración? Sinceramente no lo creo, ya no dudo de las intenciones de ZP. Aunque también sé que el Hombre, un solo hombre (ya saben, Frodo Bolsón) puede vencer a la maquinaria del Saurón-Estado y cambiar la historia. Por eso, estamos en la hora de los padres, de los ciudadanos, de las personas que queremos vivir en libertad, y que no estamos dispuestos a ceder lo que por naturaleza y derecho nos corresponde: somos libres de tener y educar a nuestros hijos según dicte nuestra conciencia. Y lo siento mucho, pero ningún político, ni de un lado ni de otro, tiene que decirme cómo debo educarles, cuáles deben ser mis prioridades en la vida, en definitiva, qué universo de valores quiero para mí y para ellos... hasta que ellos libremente puedan decidir por sí mismos plenamente. Hasta ahí llegará mi tarea, y desde entonces tendrán mi compañía, pero siempre con la garantía de quien, antes que nada, les quiere, y desde ahí, busca hacer de ellos “personas”. Que es algo que va mucho más allá de un mero ciudadano.

Siguiendo con El Señor de los Anillos, no olvidemos que el ‘Anillo Único’ del libro de Tolkien corrompía inevitablemente a sus portadores. La verdad, no puedo dejar de pensar con cierta inquietud en el Gollum de la magnífica trilogía cinematográfica del director Peter Jackson, exclamando sin cesar “Mi tesoro” mientras el anillo lo iba sometiendo a la voluntad de su forjador. Yo para mí y mis hijos no quiero ese “tesoro” que esclaviza; prefiero aquel al que se refiere la Parábola evangélica, que hace que quien lo encuentra, lleno de alegría, vende todo lo que tiene y compra el campo donde estaba enterrado. ¿Más pistas? Es el mismo tesoro que llevó un día a cada uno de los Obispos españoles a dejarlo todo por servirlo, y al que cada día millones de cristianos en España y en el mundo entregan sus vidas. No le digo más Sr. Escudier; pero vista la fijación con la Iglesia que revelaba su artículo, estoy seguro de que ya ha adivinado de qué se trata. Le aseguro que merece la pena.

Jaime Fernández-Martos Montero es socio del bufete Fernández-Martos & Lastra Abogados.