PRISMA
El caso del AVE constituye un espantoso ejemplo de la degradación de la práctica política de este país en la resolución de cuestiones básicas para la sociedad.
La historia comienza antes de 1992, cuando el gobierno de Felipe González otorga prioridad al AVE Madrid-Sevilla, situado en un extremo de Europa y aislado de los enlaces con la misma, antes que al Madrid-Barcelona-Francia, y al Valencia-Barcelona-Francia, que habrían conectado los ejes de mayor densidad económica y de comunicación con la red europea de trenes de alta velocidad.Ahí se renunció a un plus extraordinario de desarrollo económico y mejora de la productividad por intereses locales y partidistas, eso sí, en nombre del Estado.
Después de años y años de retraso fue el gobierno del PP quien inició la obra pero con un deficiente planteamiento técnico en el trazado, y sobre todo al adoptar un sistema para la guía y control de la alta velocidad del que no existían precedentes, en lugar de aplicar lo conocido, el del AVE en funcionamiento, que tan buenos resultados estaba aportando. El Gobierno español intentó ser más innovador que el francés o el alemán, con escasas dosis de realismo. Se quiso aplicar una solución que no estaba probada, resultado: más retraso y una velocidad inferior a la prevista, creando así un problema del que todavía la línea Lleida-Madrid no se ha recuperado.
Y llegamos a la fase actual, que muestra todas las incapacidades políticas en grado sumo, imponiendo soluciones contrarias a los criterios técnicos y que pueden resumirse en cuatro puntos:
Uno, el corredor del Llobregat está demasiado saturado como para permitir razonablemente la construcción de una nueva infraestructura.Dos, la idea abandonada de que llegara al aeropuerto era original por absurda, y la solución actual, la de un «apeadero» en El Prat, impresentable. Tres, la estación de Sants no admite por sus dimensiones y saturación la nueva vía y servicio del AVE.Se embute a golpe de piqueta y millones de euros, con el resultado del colapso de Cercanías. Cuatro, atravesar desde Sants toda la ciudad por el centro para llegar a la estación de La Sagrera mediante un túnel costoso y con riesgo, que puede llegar a paralizar la construcción de la Sagrada Familia, es otra solución impresentable, por cara y de riesgo, y que además, como todos los actos «contra natura», genera nuevos retrasos en el fin de las obras, con el peligro añadido de la contienda jurídica a causa de la Sagrada Familia.
La solución técnicamente elegante, geológicamente fácil, económicamente mejor, era atravesar el Vallès y desde allí entrar directo a la estación de La Sagrera, eludiendo el centro, ganando velocidad, y facilitando el acceso a la frontera: pero no, el barcelonismo de vía estrecha no podía aceptarlo.
Nuestros dirigentes actuales poseen unos niveles de incompetencia, o frivolidad según casos, abrumadores. O si no constaten otros hechos. Así una obra tan retrasada como el nuevo aeropuerto se inaugurará sin un buen enlace de transporte público -ni tren, ni metro, ni la madre que lo fundó- ni tan siquiera unos accesos por carretera que no multipliquen el colapso. ¿Para qué queremos un hub, si llegar al aeropuerto, eso sí pegadito a la ciudad, será una aventura de incierto resultado? A los gobiernos de España no les entusiasma invertir en Cataluña, vale, pero nuestros dirigentes tienden a transformar la dificultad en desastre.
© Mundinteractivos, S.A.

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