CUADERNO DE MADRID
Cuando la derecha sólo pregunta en el Congreso por el recibo de la luz es que alguna cosa está pasando. Cuando la Muerte anda suelta, hay furias que aceptan la brida. Y la ruidosa frivolidad remite. Se percibe estos días en Madrid la calma que precede a la tormenta. Son días de tensa espera. De vértigo, también.
"Nada está decidido", dice el sociólogo Pedro Arriola, gurú del Partido Popular y sevillano hispalense, es decir, andaluz romano. Es Amigo de Itálica, logia clásica en la que también milita el socialista José Rodríguez de la Borbolla, ex presidente de la Junta, ya que los andaluces son muy suyos y también se dividen entre los que llevan túnica y los que piensan bajo turbante. Dice el romano Arriola, en una discreta mesa de la rotonda del Palace: "Que nadie se haga ilusiones, ni se monte demasiadas películas con los resultados de las municipales. Las próximas elecciones generales no están decididas, en absoluto. El PP puede ganar, porque el argumento central de la legislatura -el final pactado de ETA- se ha hundido; pero ello no quiere decir que el PSOE esté irremediablemente perdido. La situación es compleja".
Viejo zorro, Arriola ha visto de cerca al Gran Elector -fue uno de los emisarios del Gobierno Aznar en los contactos con ETA en 1999-, y todavía hoy se interroga sobre los efectos del terrorismo en el comportamiento electoral de los españoles. "Después del 11-M no se registró ni un solo episodio de agresividad hacia los musulmanes. Ni uno solo. Lo cual explica cuál es la mentalidad dominante en este país, que nunca ha dejado de ser católico. Los atentados de Madrid fueron vividos como la expiación de una culpa, como el fatal pago por la guerra de Iraq. ¿Cómo funcionará el reparto de culpas si ETA vuelve a matar? Dependerá de muchos factores. Nadie puede predecirlo".
Juan Andrés Torres Mora tampoco lo sabe. Torres Mora, jefe de gabinete de José Luis Rodríguez Zapatero en la anterior legislatura, también es sociólogo andaluz. Hijo de campesinos de la serranía malagueña, podría llevar turbante si no fuese griego y creyese que la solución está en Pericles: en deliberar y deliberar. Torres Mora descubrió a Zapatero, criado en las conspiraciones minerales del socialismo leonés, las fuentes del republicanismo, ese voluntarismo democrático que el profesor irlandés Philip Pettit ha elevado a teoría política.
Sentado en el Edelweiss de la calle Zorrilla, restaurante de acento alemán que coordina el salmorejo con los ahumados, el amigo del presidente se muestra estoico, rasgo que nos remite, de nuevo, a la Andalucía romana. Dice nuestro joven Séneca: "Estamos en una situación que recuerda la película Match ball, de Woody Allen. La pelota tanto puede caer de un lado como del otro, y ello decidirá el futuro de España por bastante tiempo. ¿Es justo que sea así?".
En la cartografía de Torres Mora, España se divide en dos nuevas mitades, la tranquila y la nerviosa: "La España de las grandes ciudades está muy mediatizada, es muy móvil e irritable; en la España de los pueblos y ciudades intermedias, el programa democrático funciona mejor". Conclusión: la España tranquila tiende al PSOE, mientras que la España que va como una moto se identifica más con la turboderecha de Madrid y Valencia. Apreciación que comparte Arriola, con edicto del emperador Trajano: "Que nadie lo dude, hoy los sectores sociales más dinámicos votan al Partido Popular, excepto en Catalunya y el País Vasco".
El empate es sociológico y mantiene a los catalanes en el papel de árbitro; a los catalanes y a su estado de ánimo, inquieto, desasosegado y cabreado con la política. A la foto del 2004 le pasa algo. La distancia entre socialistas y populares en Catalunya superó entonces los 900.000 votos, a favor de Zapatero. Fue abrumadora. Difícil de repetir. ¡Ay, el match ball!
El aznarismo que ponía los pies sobre la mesa fue derrotado por el mal humor de los catalanes. Cuatro años después, el zapaterismo voluntarista y gaseoso se enfrenta a dos interrogantes: el abismal cálculo de ETA -que puede preferir una futura negociación con el PP, una vez demostrado que no habrá clemencia sin su permiso- y la mala gaita del català emprenyat, casi irresoluble, porque va más allá de la política; porque es un estado del alma: una defensa sentimental ante el desorden cósmico. ¿Cuál de los dos será, de verdad, el Gran Elector?

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