En el Norte de la provincia de Córdoba, extendida entre caminos olvidados, existe una comarca de olivares y encinares centenarios donde la luz es tan clara que el azul de cielo hace algo más, a estas horas de la media mañana, que refulgir; parece que esta luz, lo anoto mientras me asomo a la ventana del hotel Los Godos en Pozoblanco, descubre la luz interior de las cosas revelándolas con una textura aparentemente fantasmagórica, bellísima en todo caso y digna de aparecer en una miniaturas de esas hechas con mucho arte por un maestro de Siena.
Hay algo muy delicado en su paisaje (ése que comienza por los puertos del Calatraveño, por donde pasó el marqués de Santillana) y algo que transmite fuerza y entusiasmo: me gustan estas comarcas levantadas sobre la roca viva y que invitan, ya en los nombres de sus pueblos, a la ensoñación: El Viso, Dos Torres, Pedroche, Hinojosa... Lugar de frontera, el sol aquí se pone en un occidente inconcebible, inyectado en naranja, y mientras descendía ayer la noche con sus pies descalzos a la plaza de Pedroche, tan íntima, a mí me ha dado por pensar en distancias.
Creo que lo que el viajero busca, y encuentra si el azar está de buenas, es esta sensación de haber llegado a un sitio donde se puede soñar. Los Pedroches son, como todos los lugares de la tierra, un reflejo del universo.
Aquí escribe Alejandro López Andrada, un poeta y un narrador singular que se ha empeñado, resistente, en que sus palabras escritas contengan los suaves matices de estas lomas, de estos cielos, de estas dehesas fértiles donde quien se esconde sabe que lo hace para asistir desde el secreto al milagro.
Con Alejandro estuve ayer mismo en Pedroche, el pueblo que da nombre a la comarca, y ya cuando nos estábamos acercando, al trasponer una pequeña collada, me enseñó la única torre del pueblo, renacentista, y dijo:
--Mira, parece una aguja enhebrada en el hilo del cielo.Yo me quedé callado, pues lo que veía era asombroso, y quería entrañarlo. A veces pienso que me gustaría haberme dedicado a un arte menos fugitivo que la literatura: ser fotógrafo, tal vez, y llevarme en una instantánea la eternidad del instante.
Pero allí estábamos, acercándonos al pueblo, y yo desde la ventanilla del coche iba mirando esos olivos de plata, que se extienden sobre los alcores hacia infinito, en una eterna duda de convertirse en ave y echarse a volar. Los olivos, aquí, son como los pueblos y como las personas: tienen raíces hondas que horadan la roca viva y ascienden, lentos y seguros, hacia la luz. Estamos en el Norte de Andalucía, en un sur suave donde la sierra serena, cuando el estío llega, el calor.
Al otro lado de los montes, me señala Alejandro, está Extremadura y Castilla. Uno tiene la sensación aquí de haber llegado a un límite y en el vuelo de los vencejos alrededor de la torre descubre uno ese baile interior que llamamos entusiasmo.
Es una buena tierra porque aquí se cruzan todos los caminos. Si mira hacia Occidente, tan amplia es la llanura, uno puede soñar ese mar lejano, que también tiene escrito sobre su piel caminos infinitos y echar de menos, en la voz del pozo, el silencio esencial de la tierra.
Nos subimos a la torre con unos amigos. Cincuenta y cuatro metros más arriba, uno puede concebir sobre esos sillares de piedra labrada la intensidad del poema. Hay algo muy delicado, ya lo he dicho, en este paisaje: la tierra es áspera pero quiere convertirse en canción; el rumor del mundo a veces parece que se queda mudo, pero es para que descubramos en el silencio palabras que habíamos olvidado.
Mi mirada, allá arriba, se puso en la solapa una flor extraña que no sabía nombrar. Ya sé que es poca cosa, lo que digo. ¿Cómo explicar que algo muy mío estaba aquí esperándome y que me siento hermano de este mundo inmóvil en su movilidad? Quien escribe traza en el papel confusos signos que intentan copiar el errabundo vuelo de los vencejos.
Cuando nos fuimos de Pedroche hacia Pozoblanco ya había caído la noche. Yo iba callado y Alejandro me hablaba de los enemiguillos, unos seres que decía su abuela que salían al oscurecer y que él confundió, hasta que cumplió los catorce, con los murciélagos. Los enemiguillos, digo yo, serán parientes de nuestros trasgos. Nos despedimos de Pedroche y al salir volví a ver de reojo la torre: la eternidad reflejada en el espejo retrovisor. Se alzaba allí, en medio de la noche. Sola.

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