El 22 de abril de 1999, en Chicago, Tony Blair quiso cambiar el mundo. En un discurso pronunciado en el Chicago Economic Club, el primer ministro británico hizo pública su doctrina de la comunidad internacional,en la que desgrana las circunstancias humanitarias en las que, según él, debería intervenirse en los asuntos de otro Estado. Blair se dijo orgullosamente partidario de "las guerras humanitarias" o, lo que es lo mismo, de aquellas que no se declaran por la defensa de los intereses nacionales.
Henry Kissinger, secretario de Estado de Nixon y Ford, se echó las manos a la cabeza. Realista consumado, pesimista sobre la condición humana y convencido de que son los intereses nacionales los que han hecho funcionar al mundo, Kissinger calificó el discurso de Blair de "irresponsable". Pero los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, Washington y Pensilvania hicieron que el primer ministro británico se reafirmara en su intervencionismo liberal o humanitario. "Soy un intervencionista orgulloso", repitió ante la misma prensa que ahora, al retirarse, tacha de bestia feroz.
Todo empezó en Kosovo, en 1999. Hasta entonces un Estado miembro de la ONU tenía garantizado el derecho a ver respetada su soberanía bajo unos principios que se remontan a 1648, cuando el tratado de Westfalia puso fin a la guerra de los Treinta Años. Con la paz de Westfalia, el Sacro Imperio sucumbió ante el asalto combinado de diversas fuerzas, que fueron aprovechadas por los príncipes para transformarse en gobernantes absolutistas. Y las fuerzas liberadas se extendieron por todo el mundo, exportando la idea del Estado nacional como primer actor de la escena mundial. La paz de Westfalia estableció, de esta manera, el sistema de relaciones internacionales aún vigente y basado en la soberanía del Estado nacional. Pero, una vez acabada la guerra fría, Kosovo movió el orden de las cosas.
En 1999, los partidarios del intervencionismo liberal saludaron el bombardeo de Belgrado, con el que se quería evitar la limpieza étnica anunciada por Milosevic a la mayoría albanesa de Kosovo. La intervención militar, encabezada por la Administración Clinton, fue criticada desde otros sectores por considerar que violaba la soberanía de Serbia, de la que Kosovo es una provincia. Pero la guerra, aunque no contó con el respaldo del Consejo de Seguridad por la oposición de Rusia, aliada de Serbia, fue considerada la primera guerra humanitaria. Kofi Annan, entonces secretario general de la ONU, afirmó en Ginebra que los derechos humanos habían prevalecido sobre los derechos de los gobiernos.
Los orígenes del intervencionismo liberal se remontan a la década de 1980, cuando Mario Bettati, profesor de Derecho Internacional, lanzó la idea de que la comunidad internacional debía intervenir para evitar una matanza. Y la iniciativa fue popularizada después por Bernard Kouchner, cofundador de Médicos sin Fronteras. Ahora, Kouchner, convertido en ministro de Asuntos Exteriores de Nicolas Sarkozy, tiene en Darfur la ocasión de comprobar el trecho que separa la teoría de la práctica. ¿Y Blair? El primer ministro británico abandona la escena política después de haber tenido que oír como diputados laboristas, conservadores y liberales demócratas le decían en los Comunes que la guerra de Iraq, con el interesado desinterés neoconservador, ha arruinado la causa del intervencionismo humanitario.

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