SEÑALES DE HUMO
Que los escritores catalanes en castellano declinaran acudir a la feria del libro no lo había previsto el españolismo rampante
Cuando alguien decidió invitar a la cultura catalana a la Feria del Libro de Fráncfort, en algunas cabezas enseguida se encendieron las alarmas. Se les antojó un disparate, casi una ordinariez.Y ganas de tocar las narices. En consecuencia, hemos tenido que soportar, entre otras cosas, los intentos por confundir a la gente sobre qué es la literatura catalana. (Como sabe cualquiera que haya pisado la biblioteca de su pueblo, las literaturas se clasifican por su idioma. Ni por el lugar de nacimiento o residencia de su autor, ni por el sitio donde fueron concebidas. Una novela escrita donde sea por quien sea en islandés pertenece a la literatura islandesa. No es tan complicado). En paralelo, empezaron a exigir, lo que provocó una espiral de opiniones encontradas, que los autores catalanes que escriben en español estuvieran en Fráncfort.Se supone que en una proporción amplia, pues por algo, como nos dicen y nos repiten a diario, es éste el idioma importante y «universal». Las cifras del castellano son realmente impresionantes: más de 330 millones de hablantes y un montón de estados abocados a su fortalecimiento y expansión. El catalán, según una estudio a mi parecer bastante exagerado, contaría con 9,1 millones de hablantes. Desgraciadamente, España no ha querido asumirlo jamás como algo propio y que hay que proteger, desoyendo flagrantemente el mandato constitucional. A todo ello hay que añadir la desventaja del catalán en el terreno de la industria cultural y los medios de comunicación. Basta con hacer un poco de záping y ver qué lengua usan cinco de las seis grandes cadenas que se sintonizan en Cataluña. Por no hablar de la situación en el País Valenciano o, por ejemplo, la Cataluña Norte.
Puesto que la lengua frágil es el catalán -lengua que, además, como reza el Estatut, es la lengua propia de Cataluña- se decidió otorgarle a su literatura el mayor protagonismo en la Feria de Fráncfort. Sin embargo, se invitó también a lo más granado de los escritores catalanes que escriben en castellano. Se trata de presentar la cultura catalana al mundo, y se creyó que tales autores podrían, de una parte, explicar la riqueza y complejidad de Cataluña y, por otra, y dado que pertenecen a una lengua y a una literatura tan potentes, actuar a modo de embajadores.
Pero no ha podido ser. Por motivos particulares, algunos, y, otros, asqueados por las sucesivas polémicas orquestadas en gran medida por sus supuestos abogados defensores, han decidido declinar la invitación. Eduardo Mendoza, uno de los autores que no acudirán a cita -»no iré porque no voy nunca»-, se alegró de que gracias a Fráncfort la literatura catalana tenga «su oportunidad». Recordó también el autor de La ciudad de los prodigios que se trata de «una literatura europea de una muy antigua tradición, con sus clásicos, y que aún hoy está viva, más viva que la holandesa o la sueca, pero que se mantiene en una situación rara, sin un estado que la haga oficial».
Ese desenlace no estaba previsto por el nacionalismo español rampante de allí y de aquí. Pero, claro, no por ello va a cambiar de guión, nunca lo hace, ni a renunciar a sus obsesiones. No nos libraremos, pues, de las mentiras y manipulaciones sobre lo que ha sucedido, ni de la consabida y repugnante batería de insultos contra las autoridades catalanas, Cataluña y los catalanes.
© Mundinteractivos, S.A.

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