Aguirre y Gallardón son ariete de Rajoy para las generales y aspirantes a la sucesión

Lo de Pelayo en las montañas de Cangas de Onís en el año 722 fue seguramente poco más que una escaramuza de montaraces contra los hombres del sarraceno Al Qama, pero las crónicas cristianas, escritas dos centurias después, la convirtieron en épico germen de la Reconquista y fue preterido el motivo último de la rebelión: los impuestos del bereber Munuza. Los musulmanes pactaron más que conquistar la Península a los visigodos y convirtieron a muchos al Islam. A cambio de dinero y poder. Pero hasta la genealogía de Pelayo, miembro de la guardia de Don Rodrigo huido de una prisión musulmana de Córdoba, fue maquillada por las crónicas para convertirla en génesis principesca de la monarquía astur. Noble pues, como la presidenta del PP madrileño, Esperanza Aguirre Gil de Biedma, casada con el conde de Murillo, grande de España y descendiente, dicen, de Felipe el Hermoso, bien afianzada como baluarte de Mariano Rajoy para la reconquista de la Moncloa.

En su discurso de investidura, Aguirre eligió con mimo un tono liberal y conciliador, nada que ver con las arengas sobre la desmembración del país oídas, día sí, día no, en los aledaños de Génova. Ni un reproche a la oposición, sólo a la Moncloa, aclarando el objetivo. "Soy liberal", dijo mil veces a un país, éste, en el que "todos los liberales murieron con Riego", reza un dicho popular. La recuperación del centro, vital para disipar el miedo a la aceleración españolista del PP, no fue el único indicador de que la presidenta levanta el dedo: se apresuró a ser la primera en tomar posesión, en un acto con tanto invitado y boato que recordaba a la heterodoxa irrupción ministerial de José Bono, relataban los cronistas. Aguirre, primer senescal de Rajoy pero también, ay, candidata a su sucesión, como Alberto Ruiz-Gallardón. Ése es el drama del pontevedrés: sus dos arietes contra la Moncloa, ahora que el asalto parece posible, aspiran, más o menos en secreto (más menos que más), a reemplazarlo.

La cohabitación de Aguirre con la sede del Gobierno y la capacidad de Madrid para irradiar - lo de Valencia es fenómeno local, España es sorda a sus hormigoneras- son argumentos que pesan como una losa sobre las espaldas monclovitas tras el correctivo capitalino del 27-M. Madrid irradia, contagia prosperidad y éxito. España va bien, pero Madrid, más. La Liga, termómetro de la política, lo subraya al volverse merengue, dicen quienes leen el futuro en los posos de Isostar. Oportuno, canta el CIS: un 32,8 de los españoles es del Real Madrid; un 25,7 del Barça. Vale, Madrid sólo elige a 35 diputados frente a los 47 de Catalunya, pero su cegador brillo expansivo contagia la meseta toda y, llegado el caso, podría bascular mayorías.

Para desmentir el rumor de la extinción liberal, Aguirre ha empezado cargando la suerte: libertad de horarios comerciales, bajada de impuestos y presunta desaparición - ha lanzado el globo sonda: "Lo estudiaremos"- del impuesto de patrimonio. Y nadie del otro bando ha rechistado ante la audacia, nadie ha alzado la voz con los conocidos argumentos de la socialdemocracia: defensa del pequeño comercio y redistribución de la riqueza. El rival, como el Barça a un mes del final de la Liga, boquea, extraviada la pegada tras el desalentador desenlace de la tregua de ETA. Y Madrid, prometiendo ayudas fiscales a la compra de vivienda que compensen las que Solbes desactivó por temor a hacer estallar la burbuja. El ladrillo aún pita en tierra de chotis, así que habrá consejería de Vivienda en un gobierno con todas las sensibilidades del centroderecha, del seny barcelonés al conservadurismo del Opus Dei.

Hubo un día en que Barcelona irradió sobre toda España. Quince años se cumplen de aquellos Juegos Olímpicos, y Alberto Ruiz-Gallardón, tras hacer pasar bajo el futbolín al emisario de la Moncloa, Miguel Sebastián, aspira de nuevo a hacer de Madrid sede de unos Juegos. No pudo ser para 2012 y está muy difícil para 2016, pero la sola ilusión es catalizadora de orgullos y voluntades y escaparate del regidor. No se resolverá antes de las elecciones, así que su apuesta apela a la euforia. A dos meses de mudarse de la espartana sede medieval de la plaza de la Villa al pomposo palacio de Correos en Cibeles, obra de Palacios y Otamendi - lo hará la misma semana en que se cumplen cien años del inicio de las obras-, Gallardón, reforzado superviviente de sus túneles y parquímetros, también levantó el dedo pidiendo el número dos de la lista por Madrid a las generales. Un escaño en el Congreso es puesto de caza mayor: desde ahí puede disparar sus confesas aspiraciones a presidir el país.

En eso lleva ventaja a Aguirre, su cordial enemiga. La presidenta madrileña mantiene excelentes relaciones con el aparato de su partido y puede reengancharse a un eventual Gobierno del PP. ¿Otra vicepresidenta? Sus opciones sobrevivirán cualquiera que sea el resultado de Rajoy, mientras que a Gallardón, lastrado por su empeño en hacer ver que es más listo que ninguno, ni siquiera le vale una derrota a los puntos del PP. Necesita una crisis en toda regla, como la que aupó a Zapatero tras el descalabro del hoy comisario Almunia. Después de todo, Pelayo reinó venciendo al moro, pero después de que su señor Don Rodrigo hubo muerto. Cayó en el campo de batalla cuando sus huestes dieron media vuelta y lo abandonaron ante la perfidia pagana. Y aquí hay también quien añora a otro Rodrigo, éste sí, liberal.