De José Tomas a los Stones, de José Llopart en Los Blogs de La Vanguardia
Lunes, tras la corrida de José Tomás
Hablo a un amigo de José Tomás, de su vuelta a los ruedos y del delirio que alrededor de su figura se ha creado estos días en Barcelona y, mientras, ese amigo me habla de pollos estresados. Sí, de los mismos pollos que nos comemos todos los días, sometidos, al parecer, a una tortura sistemática durante toda su corta e infeliz vida de animales de granja. Martirizados para conseguir que pesen más y, si fuera posible, para que tuvieran cuatro muslos en vez de dos, por aquello de rentabilizar las inversiones.
Le hablo de arte, de la mítica lucha del Hombre frente al Toro, que es como un encontronazo primitivo, como de fuerzas telúricas desatadas, y le digo que me dicen que José Tomas no torea: que José Tomas hace poesía en el ruedo. Poesía silenciosa, subrayada por el rojo de la sangre a borbotones y el blanco de los pañuelos al viento que saludan su faena. El amigo también me habla de muerte, muerte impune y tan callada como la poesía de José Tomás en una tarde afortunada. De la muerte de los pollos, claro.
Y así seguimos durante un rato, cada uno con lo suyo. Uno invocando el arte; el otro, el asesinato. Y los dos de vez en cuando las convenciones culturales, uno poniendo por delante los toros y el otro, los pollos. Esas típicas conversaciones de sordos que, sin embargo, después de todo, le dejan a uno la sospecha de que en realidad no eran tan diferentes como pueden parecer.
Viernes, tras el concierto de los Stones
Con esto de los Stones uno no sabe si ponerse lírico o borde.
Vale, el mito, la leyenda y las ganas de seguir siendo. Que si sus satánicas majestades, que los abuelos de rock o la mejor banda del mundo, todo eso que se dice siempre. De acuerdo, para eso estuvimos ahí cuarenta mil paganos -descontando las invitaciones-, contribuyendo entre todos a mantener ese karaoke intergeneracional que es siempre un concierto de los Stones, admirando la voz de Jagger, la energía de Jagger y la voluntad de Jagger por seguir siendo Mick Jagger. ¡Bravo!.
Vale, de acuerdo. Pero hasta ahora, además de espectáculo, los Stones siempre habían dado también un poco de música, y en sus conciertos siempre habia un momento en que todo hacía clik y uno se olvidaba de los lugares comunes y empezaba a sentir algo de verdad, no sólo el eco de los tópicos repetidos.
Eso no pasó en el último concierto, digan lo que digan. Es más, estoy convencido de que Keith Richards ni vino a Barcelona. Aquel señor que se movía –poco- por el inmenso escenario del concierto de los Stones no podía ser el legendario guitarrista de los riffs imprevisibles. Aquel señor era una pálida sombra del verdadero Richards, aquel que hace unos meses se subió a un cocotero y del que uno sospecha que todavía no ha bajado. Del que nunca bajará ya. Pues el Richards que aterrizó en el suelo es ese otro señor que se nos presentó el jueves por la noche, con una guitarra en las manos con la que apenas sabía que hacer.
¡Señoras y señores, los Rolling Stones!. Un espectáculo soberbio. La música, inexistente.
