Los libaneses , que cultivan el olvido, no han querido evocar la invasión israelí del verano de 1982 que con el nombre de operación de Paz en la Galilea comenzó el 6 de junio, tras dos días de bombardeos aéreos, siguió con la evacuación de los fedayines - combatientes palestinos de la OLP- y con la salida en barco de Yasir Arafat, y escandalizó al mundo dos semanas después, con la matanza de los campos de refugiados palestinos de Sabra y de Chatila, perpetrada por milicianos cristianos falangistas libaneses ante la pasividad o consentimiento de los ocupantes israelíes.

La fotografía de un soldadito de la Finul, la tropa de la ONU destacada en la frontera que solo en medio de la carretera del sur alzaba la mano para detener el desafiante avance de la columna de los carros de combate israelíes conmovió a mucha gente.

Esta invasión, planeada por el primer ministro Menahem Begin y dirigida por Ariel Sharon, ministro de Defensa, tuvo como principal objetivo destruir la resistencia palestina, que se había convertido en un Estado dentro del Estado, a expensas de los libaneses, y tratar de apoyar un gobierno en Beirut proisraelí, dispuesto a firmar un tratado de paz. Pero su candidato Bashir Gemayel, ya elegido presidente, fue asesinado en las vigilias de la represalia de Sabra y Chatila y el sucesor, su hermano Amin, no logró aplicar el acuerdo, lo que provocó una intensificación de la guerra civil al oponerse a las organizaciones islamoprogresistas prosirias. La guerra fue más con los guerrilleros palestinos y sus aliados locales, con las tropas sirias presentes, que con el ejército libanés, dividido y desnortado.

Escribí entonces: "Las aldeas y pueblos drusos del sur apenas opusieron resistencia a la ocupación... Esta guerra que tantas polémicas suscita en los dos bandos, bendecida por no pocos libaneses, y cada vez más criticada como una guerra inmoral e injusta por muchos israelíes, no es una guerra como las demás porque se libra en Líbano. Su Estado es peculiar por su estructuración en diecisiete comunidades confesionales, por ser un país propicio a todas las dialécticas de todas las ideologías y por soportar 30.000 soldados sirios y ser la última base militar de los guerrilleros palestinos... Mientras la población del oeste de Beirut sufre los bombardeos, en los barrios cristianos del este, los soldados israelíesson recibidos con flores como liberadores de los ocupantes palestinos y sirios. Si parte de los cristianos maronitas simpatizan con los invasores, los musulmanes suníes comparten la causa palestina, y los chiíes, habitantes del sur, son hostiles a los grupos armados palestinos".

En Israel, la guerra fue muy criticada porque desbordó los límites que habían sido establecidos de 40 kilómetros de profundidad de la invasión para destruir las bases guerrilleras del sur, desde donde se disparaba a las localidades y kibutz israelíes, y alcanzó la propia ciudad de Beirut. La estrategia israelí había sido hasta entonces no ocupar ninguna capital árabe. Sharon dimitió al ser acusado por una comisión israelí de ser responsable de la matanza de Sabra y Chatila.

La evacuación de los fedayines de la capital fue muy laboriosa. El diez de agosto de 1982 escribí: "Sesenta días de negociaciones abruptas no han dado ningún fruto. El ejército israelí ha reanudado sus bombardeos contra este puñado de guerrilleros de la OLP que resisten. Nunca hubo en la historia atormentada contemporánea de Oriente Medio un ejército árabe capaz de mantenerse firme tanto tiempo. La resistencia de los fedayines es heroica y será el valor moral que en las jornadas de su derrota militar y la traición de los árabes que nunca les ayudaron alimente la conciencia de este pueblo condenado".

El 17 de mayo de 1983 hubo un acuerdo de paz israelí-libanés, revocado luego por Beirut. Dos años más tarde, el ejército israelí se retiro de Líbano, dejando una zona de seguridad que abandonó finalmente en mayo del 2000.

Quizá por todos estos recuerdos del sufrimiento de los habitantes de Beirut, por todas estas divisiones intestinas, los libaneses prefieren olvidar aquella invasión de consecuencias latentes, cuando vuelven a padecer sus miedos estivales. Guardo una bandera de Líbano, en perfecto estado, con inscripciones en varias lenguas como "Vivo y bronceado", en memoria de aquel cálido e interminable verano de la guerra de 1982.