EL RUNRÚN
Mañana es la noche de Sant Joan y en el cruce de Floridablanca con Entença ya hace días que hay letreros pintados en el suelo, a brochazos, avisando de que no aparquen coches porque ahí habrá una hoguera.
Es una de las mejores de Barcelona. Se encarga de ella un hombre del barrio, un tipo peculiar y animoso, conocido por los vecinos de siempre. Año tras año dirige el montaje a la usanza tradicional, algo poco frecuente. Hoy, mucha gente organiza hogueras a base de amontonar tablas de cualquier forma, unas sobre otras y punto. En cambio, esta hoguera no se construye así, sino situando cuidadosamente unos muebles sobre otros, de forma que quedan espacios vacíos entre ellos, por los que circula el aire. De esa forma la hoguera es mucho más alta y quema infinitamente mejor. Es una hoguera con lógica y estructura arquitectónicas. Antes, las buenas eran así. A menudo había un individuo que dirigía el montaje y que sabía la importancia de crear esos canales internos de aire. Después, sin nadie que pase este tipo de enseñanzas a la generación posterior, la ciudadanía acaba creyendo que todo consiste en amontonar de cualquier forma tres cartones, dos sillas rotas y cuatro cajas de verduras, y prenderles fuego sin más.
Este año, la noche de Sant Joan presenta una novedad. Ya es oficial que la Unión Europea piensa prohibir que los menores de doce años tiren petardos. Ni siquiera podrán encender bengalas o tirar bombetas. La prohibición entrará en vigor el 2010, pero - lógicamente- los defensores de la pirotecnia infantil ya han hecho oír su protesta. Los fabricantes esperan que la norma "se interprete de una forma laxa" (hablando en plata: que no se aplique) y los bomberos dicen que es exagerada, puesto que petardos, bombetas y bengalas no causan problemas graves si se utilizan con sensatez y en compañía de los padres. Y tienen razón, si los padres son sensatos (cosa que no siempre sucede). Pero ocurre que, a menudo, cuando los menores utilizan petardos y cohetes, no lo hacen con sensatez ni en compañía de sus padres. De forma que - aunque sea sin el amor por la pirotécnica del que aquí alardeamos- la Unión Europea ha puesto manos a la obra y ha decidido legislar. Quizá, si en este país se hubiese redactado antes una ley razonable sobre los usos públicos y privados de la pirotecnia, todo hubiese resultado más al gusto local. Pero no se hizo, y si ahora la preparan los eurócratas y confunden la peligrosidad de los truenos y las tracas con la de las bombetas, pues no toda la culpa es suya.
De modo que, una vez más, sacaremos de paseo al santcristo gros de nuestras intocables tradiciones del fuego y maldeciremos esa pérfida Europa que nos las quiere chafar. Mientras tanto, cada vez menos personas saben cómo construir una verdadera hoguera de Sant Joan. Pero eso no importa. Lo que importa es que ningún niño de ocho años pueda dejar de tirar tantos petardos como quiera. Yo, mientras la normativa no se aplique, seguiré con mi distracción de cada año los días después de Sant Joan: enterarme por la prensa de las listas de menores y mayores a los que les han tenido que amputar dedos (a veces manos) gracias a esta tradición atávica y talentosa. A ver esta vez cuántos dedos serán. Estoy por montar una porra con los amigos.

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