Mucho más que 'rock and roll', de Rafael Vallbona en El Mundo
EL RETORNO DE UNOS MITOS
A pesar de que la canción dice que es sólo rock and roll, la verdad es que, a estas alturas de la vida y con 45 en la carretera, los eternos Rolling Stones son bastante más que música. Ellos fueron los inventores del espectáculo completo en estadio de gran aforo y con intervención profusa de luces, pantallas de vídeo, escenarios móviles y fuegos artificiales; concretamente, fue en la gira norteamericana del Steel wheels de 1982. Anoche, 25 años después, el A bigger bang tour que aterrizó por fin en Barcelona, un año después, fue la sublimación del concepto espectáculo audiovisual completo y familiar.
Los Stones atraen a públicos de tres o cuatro generaciones y ofrecen un poco para todos los gustos. Rock and roll gamberro a cargo de Keith Richards, actuación estelar a cargo del divo Jagger y una máquina perfecta de vídeos, luces, petardos, cohetes y, sobre todo, música, mucha música, más próxima al rhythm and blues a cargo de los músicos contratados para amenizar la fiesta al lado de los Stones. De entre el elenco de profesionales, destacaron en Montjuïc la potente voz de Lisa Fisher y los teclados de Chuck Level, mítico pianista de los Allman Brothers.
A pesar de la arrancada fulgurante, el concierto fue lento, incluso un poco soso durante la primera hora. La gente que llenaba la pista vaciaba vasos de cerveza y las parejas en las gradas se juraban amor eterno, de aquel que dura lo que dura un verano. Más de uno recordó cómo había comprado una entrada hace un año y medio para un concierto que nunca existió. ¿Sería aquel el último concierto de los Stones en Barcelona definitivamente? Es un interrogante que se repite cada vez que salen de gira.
Después de hacerse de rogar un poco, Keith Richards interpretó un par de temas con su voz de fumador de Ducados. Y ahí terminó el sopor. El espectáculo más grande del rock and roll se puso entonces definitivamente en marcha.
Los Stones se dejaron de preámbulos y se dedicaron a entonar clásico tras clásico durante otra hora. Ahí ya nadie se acordó del año y medio de espera para verlos. Las tres generaciones de stonianos mezclaron sudores y cerveza, y se dedicaron a bailar. Si Hollywood no existiera, los Stones lo habrían inventado. Su idea de hacer del rock una gran fiesta apta para todos los públicos sigue cautivando.
El escenario móvil los lleva hasta el centro del estadio y el público delira; se despliega una lengua gigante y carnosa en el centro del escenario y el respetable levita. No es de extrañar que personajes tan poco dados a la bohemia rockera como Javier Bardem, Juli Soler (alma del Bulli) o el diseñador Antonio Miró se fotografiasen con el grupo en los camerinos antes de ocupar sus asientos en el palco de Montjuïc. Pero es que, además, Jagger y su troupe le han otorgado unos días de cosmopolitismo estelar a Barcelona. Se alojaron en el mismo hotel donde vive Woody Allen, se han dejado fotografiar tomando helados en una terraza y Ron Wood ha inaugurado una exposición de su obra pictórica. Por cierto, que otro catalán, uno de sus grandes fans, Jordi Tardà, le hizo un regalo al guitarrista pintor: una fotografía del primer óleo que pintó en 1966, que Ron Wood daba por perdido y que Tardà tiene en su casa.
La recta final, que comenzó con Brown sugar, supuso el descabello total.
Los Beatles dejaron de actuar en 1966 porque el espectáculo era patético; los Stones van a seguir 40 años más en escena porque su show es perfecto y calculado. Sólo hay una cosa imposible de controlar: lo crudo que es volver a la realidad. Bajando la montaña olímpica, todo comenzaba otra vez a ser como siempre. Dicen que el rock es mentira, pero nos gusta. El paraíso, aunque sea efímero, bien vale un concierto de los Stones. Mañana será otro día.
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