Ciento un escritores en catalán, cual si fueran dálmatas, viajarán a Frankfurt, financiados por la Generalitat, para asistir a la Feria del Libro más importante del mundo, que se celebra anualmente en aquella ciudad. Los organizadores alemanes han escogido para este año como invitada especial a la cultura catalana. El Institut Ramon Llull, dirigido actualmente por el ex conseller en cap señor Bargalló y dependiente del departamento de vicepresidencia que ocupa el señor Carod-Rovira, ha organizado esta visita y ha seleccionado a los escritores invitados.

Tal iniciativa puede ser comentada desde muchos puntos de vista.

En este artículo nos centraremos en uno: cuál es el concepto de cultura catalana que subyace en la propuesta de Bargalló. Ciertamente, no se trata de ninguna sorpresa ya que no hay novedades especiales respecto a la posición tradicional: sólo es cultura catalana aquella que está escrita en catalán. Podría argüirse, con alguna razón, que los escritores catalanes en castellano pertenecen a la literatura castellana, diferenciando así literatura de cultura. Pero también ello es discutible.

Jordi Llovet, siempre tan agudo y erudito, recordaba la semana pasada aquella confesión de Goethe a su fiel Eckermann: "El concepto de literatura nacional ya no tiene mucho sentido; ha comenzado la época de la literatura universal y todos hemos de esforzarnos en colaborar a su desarrollo". Esto ya lo decía aquel viejo ilustrado cosmopolita a principios del siglo XIX. Pero la historia va lenta y la de Catalunya mucho más.

Aquí, por ejemplo, los estudiantes de secundaria, desde hace veinticinco años, sólo tienen dos asignaturas literarias: la de literatura catalana y la de literatura española. Desapareció, sin funeral alguno, aquella asignatura que en tiempos se llamaba literatura universal, quizás una asignatura inspirada por Goethe. Pero nuestras autoridades educativas, españolas y catalanas, deben de considerar que la literatura no forma parte de la cultura, sino que es, simplemente, una técnica lingüística más: sólo se estudian aquellos autores cuyo idioma se domina. Demencial. Desde hace décadas, nadie explica, pues, a los estudiantes, quiénes son Tolstoi,

Stendhal, Verlaine, Ibsen o Kafka, ni siquiera Dante o Shakespeare, ni tantos otros. Después lamentamos que los jóvenes no lean: previamente, nadie les ha dicho lo que han de leer, aparte del Cantar de Mío Cid o el Tirant lo Blanch, Verdaguer o Lorca, que, sobre todo a sus edades, son auténticos tostones y fácilmente provocan un natural rechazo por la literatura. Visto lo visto, es natural que el joven decida no volver a leer literatura en su vida, con lo cómodo que se está repantigado delante del televisor, viendo anuncios. Pero esto ya es una causa perdida, una más.

Volviendo a Frankfurt, decía que si la invitación fuera a la literatura catalana aún podría justificarse que los autores catalanes que escriben en castellano no formen parte de ella. Pero no es el caso: como hemos dicho, la invitación de los organizadores alemanes es a la cultura catalana y, me parece indiscutible, a menos que uno sea un fundamentalista de las identidades nacionales, que toda aquella manifestación cultural que tiene lugar en Catalunya forma parte de la cultura catalana. Mendoza, Marsé, Cercas, Azúa, Ruiz Zafón, Vila-Matas, Fernández Cubas, González Ledesma, los Goytisolo, y tantos otros, son escritores que forman parte de la cultura catalana, una cultura que se produce en sociedad bilingüe que, como es natural, tiene escritores en las dos lenguas y, algunos (Iván Tubau, Lluís María Todó y Xavier Pericay, por ejemplo) perfectamente bilingües. Pues bien, no es éste el criterio de nuestras autoridades. Parece que en las últimas semanas Bargalló ha realizado intentos de atraerse a algunos de estos escritores catalanes en castellano, imponiéndoles unas condiciones que, por dignidad personal, no han aceptado. Así pues, sólo irán a Frankfurt invitados por la Generalitat escritores en lengua catalana, los curiosos 101 escritores ya aludidos.

El tripartito que nos gobierna dice que propugna un catalanismo social, un nacionalismo inclusivo. Dice, dice. Palabras, palabras. Ante casos así, mi piedra de toque es siempre aquella frase evangélica: "Por sus obras los conoceréis". Efectivamente, los conocemos, desde hace tiempo, mucho tiempo, los conocemos por sus obras, no por sus palabras. Simbólicamente, media Catalunya no irá a Frankfurt. Así lo lamentaba ayer Paco González Ledesma, viejo periodista de La Vanguardia,que ha novelado Barcelona desde todos los ángulos: "Yo quiero a mi país, pero mi país no me quiere a mí y, además, piensa que no formo parte de él. Esto me llena de perplejidad y de dolor". Catalanismo inclusivo, catalanismo social. Palabras, palabras.

¿Tiene todo esto mucha importancia? La verdad es que, según parece, estos homenajes a culturas minoritarias pasan casi desapercibidos en Frankfurt. La feria es un acontecimiento comercial y los actos de este género sólo sirven para dar un barniz cultural a la compraventa de derechos de autor y de edición. Pero esta decisión política que comentamos es una piedra más de una construcción - ¿reconstrucción?- nacional excluyente, un retroceso en el camino de una Catalunya abierta, una mala imagen exterior de nuestro país de la que ya ha comenzado a hacerse eco el Frankfurter Allgemeine.Y, además, todo ello cuesta un pastón: India, hace unos pocos años, envió a 22 escritores, nosotros 101. Así somos de nuevos ricos.

FRANCESC DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.