ME CONFIESO seguidor de las sesiones de control del gobierno las tardes de los miércoles en el Congreso. Son ágiles, rápidas y tienen bronca. La bronca le sienta bien al Parlamento. Es saludable ver cómo sus señorías aplauden, gritan, abuchean y a veces se insultan. Mientras hay bronca, hay vida. Es, además, el termómetro para medir el grado de entusiasmo que los líderes o el presidente suscitan en sus bancadas. Todos hablan para eso: para que les aplaudan. Así como hay famosos que necesitan salir a la calle para que el reconocimiento popular les levante la moral decaída, el dirigente político va los miércoles al Congreso para suscitar el calor de los suyos y poder decirse a sí mismo al final: ¡qué bien has hablado, machote!

Ayer, la sesión tenía un interés añadido: era la segunda vez que Rajoy tenía que interrogar a Zapatero sin preguntarle por el terrorismo, ni por De Juana Chaos, ni por la venta de Navarra a los pistoleros. Descubrir que entre la oposición y el Gobierno se puede hablar de otra cosa que no sea de ETA suscita el morbo del curioso observador. Y, por ahora, don Mariano lo va consiguiendo: ya lleva dos semanas que, con hondo dolor de corazón, no obliga a Zapatero a repetir aquella canción de «yo le ayudaba y ustedes no». ¡Dos semanas! Si miramos hacia atrás, parece un milagro.

Después de escuchado el diálogo de ayer entre ambos (y perdonen el eufemismo de diálogo), tengo que añadir un valor más: se ha descubierto el arte de trivializar al máximo la política y el debate parlamentario. Se trataba de explicar al ciudadano algo que le interesa directamente: por qué sube el recibo de la luz, y por qué ha subido por segunda vez este año. Era la oportunidad para hacer didáctica y exponer al contribuyente los problemas energéticos de este país. Era el momento de contar por qué las eléctricas, que tanto ganan, se quejan todos los días del déficit tarifario que arrastran. Y era la ocasión de abordar en profundidad, con rigor y sin demagogia algo que afecta tanto a la economía privada.

¿Y qué pasó? Que Rajoy presumió de cómo su Gobierno bajaba la luz y puso esa gota demagógica que tan poco va con su seriedad: se hace pagar las opas al usuario. Metidos en la fiebre populista, Zapatero levantó todavía más el listón: los que han subido más que el IPC han sido las pensiones y el salario mínimo. ¡Toma debate energético! ¡Toma rigor de oposición y Gobierno! ¿Eso es control del Gobierno? Ni un asomo a la realidad. Ni una explicación de decisiones. Nada de nada. Populismo puro. Eso sí: sus diputados han aplaudido como si asistieran a una explosión de ingenio. Fue la bendición de la frivolidad en política. Estamos en plena consagración de la trivialidad.