Se llevan unos tacones de vértigo. Curvan el empeine, exaltan la pantorrilla, elevan el muslo hasta las nubes, y aniquilan el dedo meñique. Seas hombre o mujer, si no lo has hecho antes, incrústate en uno de estos artilugios de unos 10 centímetros de altura, a ser posible de los que acaban en punta y estrujan bien todos los deditos, y aguanta de pie 60 minutos. Puede que el dolor recorra punzante tu espina dorsal y sientas que tu dedo meñique acelera su extinción. Desde ahí, intenta mantener una conversación inteligente, desarrolla alguna idea que valga la pena, aguanta, no pienses en el dedito. Olvida el dedito. Muchas mujeres lo han conseguido, cuestión de callo. Muchas mujeres se lanzan resueltas por las escaleras del metro, por las aceras en obras; muchas se desenvuelven en reuniones importantes, en fiestas interminables, subidas a dos palitos. Lo hacemos porque queremos.
No es nada, apenas un resquicio. Un paseo por el Museo del Traje da una idea bastante precisa de nuestra resistencia física. Con artefactos como el miriñaque o el corsé, que impiden la movilidad e incluso la respiración (tan necesaria para por ejemplo pensar), puede observarse cómo durante siglos las mujeres han llevado la cárcel puesta. Barrotes que contienen los cuerpos, provocando debilidad y debilidad, siempre bajo la tiranía de todo tipo de curiosidades estéticas. Burda manifestación de esa otra opresión que imponían las leyes hasta hace sólo 30 años, cuando se podía acabar en prisión por adúltera, o había que obtener el permiso del hombre para abrir una cuenta. Treinta años. Esta impresionante revolución callada es tan sigilosa que casi parece que no esté sucediendo. O que haya ocurrido hace tanto que no quede nada de que hablar. A pesar de este goteo de crímenes que llamamos pasionales, como si tuvieran algo que ver con el amor. Pero no se trata sólo de que el hombre ceda su poder sobre el mundo en general y la hembra en particular. Se trata también de que la mujer asimile su libertad. De una jaula a lo mejor se sale dando tumbos. Alo mejor sales aturdida y no sabes si eres el jilguero o el alpiste. Es posible que te invada cierta confusión. Están las mujeres machistas que veneran la mano que les dio de comer. Está la mujer machacada que oculta y justifica al hombre que la maltrata. Está la mujer que aún no sabe quién es. La mujer que aún tiene grabada en su memoria genética y cultural que no puede valerse por sí misma. Y está la mujer violenta que adopta el rol de su verdugo y es capaz de igualarlo en crueldad.
Estremecen las mossas que desnudan y abofetean a otra mujer.
Aterran las soldados torturadoras de Abu Graib. Sobrecoge la crudeza de Condoleezza Rice, la mujer paradoja (negra, además), cuando pasea su doble moral, su violencia y su Guantánamo, con el dedo meñique agonizante, si es que aún lo tiene en algún pie. Nada indica que la naturaleza femenina esté exenta de grandes y pequeños monstruos. Nada indica, al mismo tiempo, que sepamos en qué consiste la naturaleza femenina. Descrita, formada y alimentada por el hombre, quizás la mujer está ahora construyendo su identidad. Es posible que algún día empecemos a saber simplemente qué queremos hacer, ya fuera de la jaula.
A veces, a altas horas de la madrugada, algunas mujeres hablamos de cosas así. Atrincheradas en nuestro sofá, los tacones en alto, caemos en la cuenta de la suerte que tenemos por esta pequeña isla de libertad en el tiempo y en el espacio que nos ha tocado vivir. Y a lo mejor brindamos por nuestras abuelas y por esos hombres, no tantos, que nos están mirando de igual a igual.
CLARA SANCHIS MIRA, actriz.

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