Esta tarde, señoras y señores, quiero creer que por esta casa Consistorial gijonesa vuelve a correr, renovado, alegre y saltarín, el sentimiento republicano que, durante décadas, fue la energía, laboral e intelectual, que impulsó el avance y desarrollo de nuestra villa. Viejo sentir popular, que se inscribe en la que D. Manuel Azaña calificó como la tradición humanitaria y liberal española.
Tradición humanitaria, que el Presidente describió poéticamente como “arroyuelo murmurante”, en su intervención en la más que famosa sociedad “El Sitio”, de Bilbao, el 9 de abril de 1.933,
“Hablo de la tradición humanitaria y liberal española, porque esa tradición existe, aunque nos lo hayan querido ocultar desde niños maliciosamente. España no ha sido siempre un país inquisitorial, ni un país intolerante, ni un país fanatizado, ni un país atraído a la locura, locura que algunas veces pudo parecer sublime. No ha sido siempre así, señoras y señores, y a lo largo de toda la historia de la España oficial, a lo largo del cortejo de dalmáticas y de armaduras y de estandartes, que todavía se ostentan en los emblemas oficiales de España, a lo largo de toda esa teoría de triunfos y derrotas, de opresiones o de victorias, de persecuciones o de evasiones del suelo nacional, paralelo a todo eso ha habido siempre durante siglos en España un arroyuelo murmurante de gentes descontentas, del cual arroyo nosotros venimos y nos hemos convertido en ancho río...”
Y hacia las fuentes de ese ancho río, hoy de nuevo arroyuelo murmurante, que durante siglos ha servido de lenitivo, esperanza y consuelo refrescante a los que nunca estuvimos conformes “con la desbaratada aplicación del genio español a cosas que al genio español no le incumbían”, estamos volviendo, desde aquí y ahora, con la ayuda inestimable de esta historia de los “Demócratas de antaño”, importante trabajo de investigación, que el amigo, convecino y conciudadano, Sergio Sánchez Collantes, dedica a los “republicanos y republicanismos en el Gijón decimonónico”, que son nuestras fuentes.
Es esta ocasión, el momento oportuno de volver a repetir palabras y nombres que aquí, en esta Casa Consistorial, levantada por Gijón a su costa, resonaron una y otra vez, hasta miles y miles de veces.
Y no hemos de remontarnos para ello, sólo a febrero de 1.873, cuando se proclama la Primera República Española; hemos de hacer un vuelo de mayor alcance; hemos de rebasar las lejanas jornadas de setiembre y octubre de 1.868, para llegar, por fin, a las de julio de 1.854, donde hayamos su antecedente remoto.
En julio de 1.854, el marco municipal era diferente a éste, el Consistorio estaba en la casa nº 11 de esta plaza, justo enfrente. Consistoriales, “bien situadas y de fábrica moderna, dice Madoz, aunque no tienen el local suficiente para el despacho de las muchas y variadas ocupaciones del Ayuntamiento”. En aquel su modesto salón capitular, se escucharon los “sones” primeros de nuestro arroyo murmurante.
Era el 18 de julio de 1.854, cuando ante el Ayuntamiento constituido, se leyó el oficio procedente de la Excma. Junta de Gobierno Provincial, que decía:
“Adherida esta población a la bandera levantada por los señores Generales O’Donnell y Dulce nombró una Junta compuesta de los señores D. Casimiro Domínguez Gil; D. Nemesio Sanz Crespo; D. Domingo Crosa; D. Bernardo de la Rionda; D. Anacleto Alvargonzalez, y el señor D. Juan del Valle, que encargándose del gobierno del pueblo, cuidase de la conservación del orden público y de los enseres del vecindario. Que al anunciarlo al Ayuntamiento no puede menos de contar con la cooperación del mismo para la conservación de tan sagrados objetos”.
Así ocurrió; el Ayuntamiento que desde el 30 de junio del año anterior mandaba como alcalde D. Juan Nepomuceno de la Sala, se sumó a las banderas liberales, si bien D. Juan, en gesto de gallarda elegancia, aún reconociendo la Junta creada, sentó que, “debiendo mi posición al gobierno, ello me impide adherirme al pronunciamiento”.
Son tímidas notas de libertad, es verdad, las que producen en nuestra villa los ecos de los sucesos de Madrid, en los que “tanto lució” nuestro convecino D. Evaristo Fernández San Miguel y Valledor, que llegó hasta titularse ministro universal, y al que luego la señora reina Dª. Isabel II, agradecida por haberle salvado el trono, tituló como Duque de su arcangélico apellido. De satisfacción, D. Miguel murió reconocido, aunque sordo y pobre, hace ahora 145 años...
Catorce años después, setiembre de 1.868, y ya en esta misma casa, casi recién erigida, se escuchan, -ahora más nítidos, alegres y firmes-, los segundos sones del arroyuelo murmurante. Y escuchad atentamente, porque éstas, aún tímidas, son las notas primeras y los primeros nombres del republicanismo gijonés, que hoy aquí festejamos orgullosos.
Si en 1.854 quienes ocuparon el poder por el levantamiento revolucionario fueron gijoneses liberales, en ésta de setiembre de 1.868, se suman a los Casimiro Domínguez Gil, Nemesio Sanz Crespo y Bernardo de la Rionda, que repiten, los nombres de gijoneses demócratas, que pronto sentarán, en esta misma casa, plaza de ediles republicanos. Reza así el Acta que da fe de lo aquí ocurrido,
“En las Consistoriales de Gijón a treinta de setiembre de 1.868, constituido el pueblo en el solar de las mismas, usando del derecho de la Soberanía Popular, procede al nombramiento de una Junta provisional en sustitución al Ayuntamiento que en este instante deja de ejercer sus funciones, y por aclamación general resultaron nombrados los siguientes:
Presidente, D. Nemesio Sanz Crespo; Vicepresidente, D. Alejandro Blanco; Vocales: Señor Comandante de Marina, (D. Eduardo Urdapilleta); D. Bernardo de la Rionda; D. Eladio Carreño; D. Fernando Valdés Hevia; D. Tomás Zarracina; D. Casimiro Velasco; D. Eusebio Menéndez; D. Restituto Buylla; D. Francisco Menéndez Rivas; D. Santiago Ruiz Gómez; D. Casimiro Domínguez Gil, que dada su edad y estado de salud, a petición propia, fue sustituido por su hijo D. José.
¡Qué diferencia de proclama y talante! Sumiso el de la primera Junta; soberana esta segunda, que ejerciendo la potestad en nombre del pueblo, resume en sí todos los poderes y despide a D. Marcos Costales y sus concejales, en el mando desde el primero de enero de 1.867.
A los nombres de los primeros liberales, se unen ahora los de los auténticos demócratas y, por ello, republicanos, Alejandro Blanco, Eladio Carreño, Tomás Zarracina, Eusebio Menéndez, Restituto Alvarez Buylla, Francisco Menéndez Rivas.
Es conveniente recordar y repetir sus nombres, aunque aún habrá una tercera ocasión de hacerlo en esta misma tarde, porque ha sido mucho el olvido en que Gijón ha tenido a tan dignos hijos, adalides de la fe republicana, que durante años fue devoción principal en esta villa. Bien es verdad que dos de ellos, D. Eladio Carreño y D. Tomás Zarracina dan nombre a sendas calles céntricas, sin que el paso de unas situaciones políticas a otras, haya sido ocasión de arrinconarlos; pero, sino fuera por este valioso trabajo que hoy nos ofrece Sergio Collantes, ¿Quién recordaría los otros nombres?. Es más, ¿Cuántos vecinos sabrán hoy a ciencia cierta en este Gijón de nuestros amores, que D. Eladio Carreño y D. Tomás Zarracina fueron, a demás de otras mil cosas, dos leales y constantes republicanos, desde la primera hora hasta la última de su muerte?. Desgraciadamente, me atrevería a decir que muy pocos...
Y se acerca, porque en este recuerdo vamos saltando, que no “asaltando”, la historia, el feliz momento en que el “arroyuelo murmurante” pasa a ser Estado y río, como Azaña dijo refiriéndose al caudal de su tiempo.
Estamos, conciudadanos, ante el advenimiento de la Primera República Española, que nació, por renuncia al Trono de D. Amadeo de Saboya; alumbrada, sin violencia alguna por la Asamblea Nacional, compuesta por las dos cámaras reunidas en el Congreso de los Diputados, el 11 de febrero de 1.873.
En aquel febrero emerge y se reconoce oficialmente por primera vez, el río caudaloso de nuestras libertades, igualdades y fraternidades, que pretende “lavar” con su corriente cantarina y marsellesa, nuestras orillas de inquisiciones, intolerancias, fanatismos y locuras, y cruzando bajo esta misma casa, y el pueblo pequeño que era el Gijón de entonces, procura fertilizar villa y concejo, para darle esplendor y desarrollo; y al pueblo trabajador ofrece techo, pan y trabajo y, con la ayuda del poderoso partido Federal, firme esperanza en el triunfo de su justa causa.
El día 13 de febrero de 1.873, reunida la Corporación que preside D. José Domínguez Gil, al que vimos ocupar plaza de vocal en la Junta revolucionaria de 1.868, en dos sesiones extraordinarias sucesivas, conoce y acata la nueva situación republicana, recién establecida en Madrid.
En la primera de las sesiones, se leen tres telegramas del señor Gobernado Civil de la Provincia. En el 1º, dice el Acta de la sesión, “participa que no pudiendo enviar fuerza armada para sostener el orden, ha resuelto, de acuerdo con el señor Carreño, y otros individuos, enviar doscientas armas para los voluntarios de la libertad; en el 2º, que S.M. el Rey ha renunciado al Trono y admitida la renuncia por las Cortes, estas se han constituido en una sola Cámara soberana; y en el 3º, que la Asamblea Soberana ha proclamado la República”. El señor Domínguez Gil, y la Corporación en pleno, a la vista de tales sucesos, formalizan su renuncia.
En la segunda sesión extraordinaria, bajo la presidencia del que era primer teniente alcalde en funciones, otro viejo conocido liberal, como presente en las dos Juntas revolucionarias de que hemos hablado, D. Bernardo de la Rionda, se da cuenta oficial de que el río republicano corre ya, caudaloso y libre, a lo largo y ancho de la nación, mediante la lectura del telegrama, redactado por el recién nombrado ministro de Gobernación D. Francisco Pi y Margall, que dice a los gobernadores civiles de toda España, en noble y hermoso castellano,
“Proclamada por la Asamblea Nacional la República, esta es la legalidad. Nombrado por la Asamblea Gobierno, este es el único legítimo. V.S. es, pues, la única autoridad civil de su provincia...”; Mantenga V.S. enérgicamente la República, que es la ley, la libertad y el orden”.
Dimitida la Corporación local en el primer pleno extraordinario, para suplirla, toma inmediata posesión la nombrada por el señor Gobernador Civil, formada por los siguientes ciudadanos,
D. Segundo González Pardo; D. José Palacio; D. Francisco Álvarez; D. Francisco Pérez Carreño; D. Eduardo Guilmain; D. Policarpo Boluna; D. Eusebio Menéndez, D. Arsenio Buznego; D. Justo del Castillo; D. Casiano García; D. Antonio Erdocea; D. Vicente Valdés; D. Francisco Castañón; D. Eladio Carreño; D. Apolinar Acebal; D. Francisco Díaz; D. Francisco Castro; D. Antonio Suárez; D. Restituto Buylla; D. Manuel Cerra; D. Tomás Zarracina; D. Manuel Rodríguez, de Tremañes; D. Manuel Rozada; D. Ramón de la Rubiera, y D. Alejandro Blanco y Jove Huergo, al que sus colegas distinguen con la dignidad de Alcalde, designando para su primer Teniente a D. Eladio Carreño, y para segundo a D. Restituto Alvarez Buylla.
Estos son los nombres y los hombres que, sin alterar para nada la normalidad de la vida ciudadana, supieron poner en marcha la primera República en Gijón, hombres y nombres que el lector curioso encontrará de forma casi constante en las páginas del libro que hoy nos reúne en este salón. Quisiera decir una palabra sobre cada uno de ellos, pero lo limitado de mi tiempo lo hace imposible.
Baste decir, que formaban ellos en todas las profesiones; que eran de todas las edades. Que unos, eran profesores, otros comerciantes, varios poderosos industriales, uno experto minero, otro, valiente marino. A lo largo de sus vidas, que no terminan, ni mucho menos, con la breve Primera República, vemos a estos ciudadanos republicanos fundar Ateneos, Círculos, Casinos, Periódicos, Empresas de todo tipo; los veremos montar Balnearios y espacios de recreo; construir casas, proponer y realizar mejoras urbanas de toda clase, y a su lado el pueblo soberano los sostiene y alza su voz pidiendo, a más de pan, techo y jornada de ocho horas de trabajo, la abolición de las contribuciones indirectas, los odiados consumos; de las de sangre, las temidas quintas; y la de la esclavitud. Libertad. Igualdad. Fraternidad.
Después de larga noche de olvido y silencio, esta tarde, con el recuerdo y la invocación de todos y cada uno de nuestros republicanos notables, por el cielo de S. Lorenzo, aunque aún no sea su hora, vuelve a elevarse, rojo, amarillo y morado, el renovado sol del ideal republicano, que, como telegrafió Pi, ha de garantizar “la ley, la libertad y el orden”, y que, antes que tarde, más que arroyo murmurante será “Volcán tronante”, que brotando de las entrañas mismas del pueblo dejará correr libremente su lava para purificar y reponer en el trono de esta tierra el ideal de la ciudad republicana, consagrándola a los principios democráticos, base de la convivencia; estableciendo la soberanía civil y laica, como base del Estado; imponiendo sentido ético y social en la vida económica, garantizando la necesaria cohesión social; imponiendo, en fin, la más estricta pureza en la conducta pública, como base de la dignidad ciudadana. Principios que se resumen en la trinidad tantas veces cantada, Libertad. Igualdad. Fraternidad. Más que tres palabras. Más que tres colores. Una forma de estar, sentir y participar en la vida pública.
Si D. Emilio Castelar vio a Dios, grande en el Sinaí; si oyó al trueno precediéndole y vio al rayo acompañándole; yo, indigno de ver y oír tanta maravilla, me limito a soñar y ver, humilde, en este salón, rodeado de tan dignos ciudadanos, vosotros vivos, nuestros antecesores en el recuerdo, una grande, muy grande y acertada Tercera Republica Española. Bienvenida sea su llegada.
Que pronto, ciudadanas y ciudadanos, el Volcán tronante anuncie a todos ese tercer advenimiento de la grandeza republicana.
Sinceras gracias a todos cuantos iniciaron el camino y nos han precedido; muy particulares para Sergio Collantes y a Paco Erice porque los han revivido al recordarlos en su trabajo; y muy especiales, para la ciudadana alcaldesa, querida amiga, por habernos franqueado para esta pía ceremonia, que a un tiempo mira al pasado y al futuro, las puertas de esta Casa Consistorial, templo gijonés del pueblo soberano. Y por supuesto muchas gracias a todos los presentes, por vuestra probada paciencia ciudadana.
Aquí, amigos, a las puertas de esta Casa Consistorial, y en este salón, se ha anunciado hoy la Tercera República. Recibidla en paz y alegría cuando llegue. He dicho.

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