Toros o animales, de Joan Barril en El Periódico
LOS DÍAS VENCIDOS
Entiendo por fin los cismas de las religiones, las inquisiciones, la cosa de los hermanos separados, los matices, las diferencias entre protestantes y católicos, entre chiís y sunís. Todo depende de cómo se leen las cosas. El evangelista no fue suficientemente claro, pero el lector leyó aquello que le convenía leer. Y así surgen los malentendidos.
Es lo que pasó ayer con los toros. Tres premisas. Primera: no me gusta la denominada fiesta de los toros. Segunda: me gusta menos prohibir algo que forma parte de la tradición de una minoría. Tercera: no creo que los animales tengan derechos porque el sujeto del derecho es el ser humano. Y ahí, en eso de los derechos, con la iglesia del animalismo hemos topado, amigo Barril. No se trata de ciencia, sino de creencia. No se trata de gustos, sino de evidencia. Ante las lecturas sesgadas que se dieron ayer en los medios audiovisuales he reflexionado, como siempre, torpemente, a la espera de que los y las grandes profetas del animalismo me saquen de mi estulticia. Ahí va.
El animalismo es la defensa del animal cuando se le infiere un daño gratuito que no aporta nada a la explotación. Segunda opción más radical: el animalismo es la defensa del animal aunque sea para convertirle en una deliciosa chuleta. Del animal mamífero, ni siquiera las chuletas.
El animalismo es intentar convencernos de que cualquier animal es igual que el ser humano. Pero las leyes están en manos de los hombres. Cuando se producen tantos errores judiciales y tantos seres humanos son ajusticiados o retenidos por otros hombres, ¿acaso la justicia animal sería mejor?
El animalismo no establece distinciones. La ballena en extinción por las flotas depredadoras japonesas o noruegas merece la misma protección que la que generan la hormiga o el escarabajo. ¿Demagogia? Tal vez. Pero no me lo tengan en cuenta, porque el animalismo no me da ninguna pista al respecto.
El animalismo proviene de un pacto ancestral entre el ser humano y la gran bestia. Yo te protejo y tú no me atacas. Se pacta con King Kong, con Moby Dick o con el Rey León, pero mientras tanto exigimos de la Administración que impulse eficaces campañas de desratización.
Más aún: si los animales tienen derechos por ellos mismos, ¿quién, sino el ser humano, va a establecer la frontera entre los animales que sean merecedores de esos derechos? El bonobo, porque folla cara a cara como nosotros. El delfín, porque es más listo que el tiburón. El toro, porque es español y lo matan los españoles, claro. El animalismo antitaurino se nutre en Catalunya del nacionalismo reactivo. ¿Tan solos estamos los antitaurinos que solo podemos justificar nuestra repulsa envueltos en una bandera? Manuel Vicent, ven a ayudarnos con argumentos profundos y no por la tontería de una supuesta pureza catalana. ¿Qué sucedería si un buen torero se declarara partidario de la independencia de Catalunya? ¿Punto final?
Dejemos los toros para regresar a tragedias más lejanas. Las focas son, para Brigitte Bardot, unas víctimas, pero son competidoras para los pescadores de los grandes bancos de Terranova. El animalismo de los países del África Negra es el resultado del diferencial de ingresos entre el turismo de safaris fotográficos y el comercio clandestino de marfil.
Si el animalismo ha de ser algo serio, que me lo planteen. Mientras tanto, aquí tienen a un antitaurino racional que no quiere seguir perdiendo el tiempo con el derecho al voto de las medusas. Su turno.
