Mi vida arranca en una calle de Oviedo de la que al menos me constan tres denominaciones. Cuando yo era pequeño, se llamaba plaza de Galicia. Por la correspondencia familiar, constaba que había sido conocida antes como plaza del Progreso. Sin salir de los años de mi infancia, pasó a ser nombrada plaza del Carbayón. Desde el mirador de mi casa, contiguo al edificio conocido como Caja de Previsión, pude ver durante mis primeros años de vida las obras que se hacían en el antiguo caserón de Santa Clara encaminadas a convertirlo en el inmueble donde se ubicó Hacienda desde entonces en nuestra heroica ciudad. Sirva este recordatorio, doña Paloma, para que entienda usted que nada de lo que suceda en la vida pública de Vetusta pueda serme ajeno, incluso por razones sentimentales.

Tan pronto fue proclamada usted candidata (con cierto ruido y furia por aquello de que no hubo primarias), se refirió a lo rancio como uno de los rasgos distintivos de Vetusta. En la toma de posesión de Gabino ha vuelto a aludir a ello. Es innegable que en Oviedo lo rancio no sólo subsiste, sino que también existe. No lo es menos que, como alguien consignó por escrito, la heroica capital se empecina en imitar a Vetusta, por mucho que la ciudad clariniana plasmase el Oviedo de su época.

No puede sorprenderme que usted plantee una obviedad. Lo que me asombra es que establezca una casuística axiomática entre la política de Gabino de Lorenzo y la ranciura. Mire, lo rancio y lo vetustense más genuino tienen su acomodo también en toda la izquierda, que en Oviedo ha sido al menos desde el tardofranquismo a esta parte. Hay personas de la «gauche divine» que acaban de presentarse a las elecciones, no con mucho éxito ciertamente. Hay «gauche divine» en sedicentes sectores culturales vetustenses, donde se cambia la etiqueta clariniana por la fanfarronería de hablar en términos familiares de primeras figuras del mundo cultural. Hay «gauche divine» en los actos sociales y culturales más solemnes, que -mutatis mutandis- vienen a ser una continuación de las exhibiciones que se hacían en los años predemocráticos a la entrada de la ópera. Hay «gauche divine» entre las gentes que se hacen la ilusión de considerar que contemplan la vida de la ciudad tomando de prestado el ojo de Clarín, cuando en realidad su condición de seudos los hace susceptibles de tener cabida en «La Regenta» como personajes y no como narrador. Hay «gauche divine» para dar y tomar en Oviedo, que también es rancia, doña Paloma.

Tenga usted en cuenta, por otro lado, que en los últimos años la política municipal se ha venido caracterizando por una zafiedad clamorosa. Acuda a las hemerotecas y podrá comprobarlo sin márgenes para la duda. Piense en gentes como el señor Reinares (que sigue) y en personajes como el señor Sopeña (que se fue). De rancios, en el sentido vetustense del término, tienen más bien poco. No encontraríamos personajes tan de brocha gorda en la novela de Clarín que los igualasen.

De todos modos, me daría usted una gran satisfacción si se propusiese de veras combatir lo rancio en el sentido más vetustense del término. En esa arremetida también tendría enfrente a parte no desdeñable del rojerío, no sólo el de su propio partido. (¿Hay rojos en la AMSO, señora Sainz? ¡Es para morirse de risa!)

Tengo escrito que Oviedo es, desde «La Regenta» a esta parte, un género literario. Casi todos quieren ser Clarín, siendo clarinianos. Doña Paloma, el llamado «Oviedín del alma» también está en la izquierda. No sólo es en algunos casos una cuestión de apellidos, sino, ante todo y sobre todo, de actitud.

Me pregunto qué pensamientos tuvo usted en el acto de la última toma de posesión de Gabino de Lorenzo como alcalde de Vetusta. ¿Vio en don Antonio Masip, allí invitado, un modelo a seguir? ¿De veras considera, como dijo, que don Jorge Bustillo, tan monárquico y socialista él, hizo una encomiable labor de oposición? ¿Pasó por su mente la figura de Leopoldo Tolivar, antítesis de la brocha gorda gabiniana, al que tantas trapacerías le hicieron desde las propias filas?

Si de veras está usted dispuesta a combatir la ranciedad vetustense de un lado y la zafiedad del estilo gabiniano del otro, la tarea que le queda por delante es agotadora, hasta podría definirse como heroica.

Le deseo toda clase de venturas en su labor de oposición. Y, para empezar, no incurra usted en aquello que hacía el dictador Primo de Rivera, al decir de Unamuno, que primero disparaba y luego apuntaba. Sospecho que el punto de mira de lo rancio no lo tiene usted bien precisado.

Ansioso estoy por saber qué planteamientos va a tener usted con vistas a los fastos de 2008. La filosofía, más que en el tocador, puede estar -seguimos en Vetusta- en los primeros capítulos de «La Regenta».

Persuadido estoy de que volverá a leer la inmortal obra clariniana. Y que no ha olvidado usted quién hizo las primeras propuestas en el Consistorio carbayón acerca de los eventos de 2008.

Expectantes estamos, doña Paloma.