EL VOYEUR

Qué gusto daba ver jugar a Sarabia, alguien en posesión de auténtica fantasía y regate inverosímil, elegante, imprevisible, magnífico. O sea, el perfil ideal para que adquiriera condición de pesadilla y carne de marginación en la mezquina y prosaica mentalidad de Javier Clemente, otro de la raza de Capello, pero sin su intocable currículum. Fue muy grato descubrir en El día del futbol que aquel futbolista especial, a diferencia de tanto superdotado en su oficio que cada vez que abren su monotemática boquita provocan ilimitado rubor ajeno, era una persona inteligente y sensata, racional y objetiva, con señorío y bonhomía, que observa y explica muy bien el fútbol.

Como yo soy maniqueo y divido el mundo entre los que me caen bien, indiferente o mal, reconozco que disfruto del espectáculo de confrontar las opiniones y el estilo coloquial de Saravia con el limitado y siempre previsible discurso de Alkorta, un buen defensa al que mi selectiva e injusta memoria no puede evitar asociarlo exclusivamente con la humillante cola de vaca que practicó con él un mago desdeñoso con nombre de pirata y aroma épico: Romario da Souza Faría. Consecuentemente, me largo a toda leche del embriagado Bernabéu cuando el altavoz circense reclama ovaciones para el gestor del milagro Fabio Capello, ya que me parece cochambrosamente surrealista que los que hace tres meses agitaban indignados pañuelos contra el monarca del antifútbol sientan ahora orgasmos hacia su personalidad por algo tan trivial y olvidable como haber triunfado de forma mediocre y con la permanente bendición del Espíritu Santo.

Y llego a tiempo a casa para escuchar lo que opina del asunto Alkorta, ancestral, fatigoso e irredento apologista de la sabiduría capelliana, al que se refiere siempre en público con un fraternal, intimista y cómplice «Fabio». Nada nuevo bajo el sol. Y que haya rechinar de dientes (no lo dice, lo imagino yo) entre los que llevamos todo el año dando la desolada brasa con el interrogante existencial: ¿Qué hemos hecho nosotros para merecernos a Capello? y ¿Cuántos años de castigo nos esperan al haber sido legitimado por la victoria?

Pero el informativo de Cuatro del lunes me devuelve a la vida. El tan natural como ingenioso Manolo Lama abre su divertido espacio con el informado y dionisiaco: «Ciao, Capello. O sea: adiós, Fabio». Parece ser que largan a este pavo insufriblemente resultadista, y que le sustituye ese nibelungo genial al que le gusta tanto el fútbol. También escucho al ufano presidente que va a despedir al Gran Capitán con el riñón escandalosamente forrado: «Ha habido un momento en este país en el que a Capello no le quería nadie. Sólo yo le apoyé». ¡Cómo son los políticos! Pues que se vaya él también. Y el de la gomina.

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