POR AHORA, y hasta donde yo alcanzo a entender, las normas legales son tan sólo imperativas, prohibitivas y dispositivas. Pero he ahí que la Ley Orgánica 3/2007 para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, se saca de la chistera un nuevo tipo: las «procurativas». Me explico. A mi entender, lo que más llama la atención de esta ley es el distinto trato entre la esfera pública y la privada. El equilibrio entre sexos podemos decir que existe en cualquiera de los ámbitos de las diversas Administraciones, desde los miembros del Consejo de Ministros hasta los del último de los ayuntamientos y en general todo aquello que huela a público. En ello se empeñó el Gobierno de Zapatero, lo logró, y hasta aquí todos lo aplaudimos. Bueno, todos, todos, no. Aún quedan muchos de aquellos que piensan que desde el mismo momento en que las mujeres comiencen a ser iguales, serán superiores.

El problema surge cuando la ley hace referencia a sociedades mercantiles de cierta entidad (las obligadas a presentar cuentas de pérdidas y ganancias no abreviadas), a las que tan sólo les dedica el artículo 75, en el cual muy somera y sucintamente se indica que «procurarán» incluir en sus consejos de administración un número de mujeres que permita alcanzar una presencia equilibrada de personas de uno y otro sexo en un plazo de ocho años a partir de la entrada en vigor de esta ley. ¿No estamos hablando de paridad en todos los ámbitos?. Si esto es así, que lo es, ¿por qué se impone en unos casos lo que en otro simplemente se «procurará»? En su día, el presidente del Gobierno dijo que «la norma está llamada a transformar radicalmente y para siempre la sociedad española». ¿Qué ocurrirá con ese ingente colectivo de mujeres que, esperando ingenuamente criterios de paridad, y sobre todo criterios de méritos, se va a sentir agraviado por trabajar en medianas y grandes empresas? Se «procurará». Y si no se consigue, pues aquí paz y después gloria. Todo seguirá como hasta ahora, con los hombres copando los atractivos puestos de los consejos de administración. Poco importa que los más brillantes currículos tenga nombre de mujer. Aquellas que no se decidan por acceder a la función pública, que tampoco aspiren a mucho. Se «procurará» que asciendan en el organigrama de la empresa hasta la cúspide, eso sí, con un margen de ocho años por medio.

Por si acaso, al tiempo que se procura y mientras no se cumplen estos plazos, recomendaría a estas mujeres no asumir excesivas obligaciones familiares. Eso en la Administración no lleva aparejadas consecuencias, pero en lo privado, cuando menos, no es un mérito. La espera por la igualdad efectiva será larga y tediosa.